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martes, 6 de septiembre de 2016

Mariela y el mal de amor XVIII


Hace una semana que volví a trabajar. Bueno; hoy por la mañana, tenía revisión médica. De allí vengo. Quizá haya sido la penúltima. Según la doctora, ya no me visita mi amigo el doctor Asthon, estoy recuperado. Asegura que mi leve cojera desaparecerá con el tiempo, igual que las molestias que siento por la noche. Ya veremos...

Entro y cierro la puerta a mi espalda. Me sobrecoge el silencio, la penumbra me envuelve y avanzo con cuidado de no tropezar. Queda vajilla sin recoger, el sofá está revuelto y sigue sin retirarse el cesto de Fellini aunque ya murió en primavera. ¿Se verá como una renuncia a la esperanza de que pueda volver? ¡Hum! Sigo hasta la ventana y corro las cortinas para dejar entrar un rayo de sol, sesgado y diagonal, que llena el salón de una claridad mortecina. El aire aire huele a las lentejas que cociné por la mañana; eso me recuerda que también queda un trozo de lasaña en la nevera y solo me toca calentar la comida antes de ir al trabajo. Bueno, y airear la casa y hacer la cama y fregar los platos. Suspiró mirando el reloj y me siento a fumar un cigarrillo mientras dejo que el silencio que me engulla.

sábado, 20 de junio de 2015

Mariela y el mal de amor XVII bis

 
Dadas las nueve y media, cada mañana tenía por costumbre hacer un receso. Me acercaba a desayunar al bar de Tony para encontrarme con Lucas Aguilar, hermano menor de Marquitos, también militante en el sector duro del ocio, con las dos Martas, con Blanca, que por fin había encontrado un simulacro de plaza de ATS en el centro de salud, y a veces con Walter; un pintor cubano, apolíneo y muy simpático del que no sabía nada; ni que pintaba, ni de donde salió, pero que formaba parte de nosotros como un hermano de leche.

Hablábamos y hablábamos. Algunos abandonaban al cabo reclamados por sus obligaciones aunque otros, a veces, siguiéramos hasta la hora de las cañas anteriores al inexcusable vermut en Casa Teo. Capaz de analizar con minucia los temas más prosaicos, me referí un día a ciertas morales relajadas del mundo, tomando de modelo la de Raúl Mercader, que por entonces ya se había sobrepuesto a la “pascualada”, sin rencor, pocas señales del encuentro y apenas una minusvalía del veinte por ciento en un brazo.

sábado, 2 de mayo de 2015

Mariela y el mal de amor XVII

Isabelle, ese bombón que sirve la terraza en Le Moretti, sonríe nada más verme y me hace una seña para que sepa que de inmediato me saca la cerveza. Por fin amaneció con sol y llego sudando. Me siento, con necesidad de reponerme del esfuerzo, pero antes de acomodar las muletas y de orientarme de cara a la Legion d´Honeur, adelanto la pierna para cumplir con el ritual de mortificarme. Desde luego, tarda seis minutos menos que hace tres semanas en traerme desde la sala de rehabilitación, pero verla embutida en esta faja, enjaulada entre varillas de acero y asistida por este muelle inoxidable, que a veces chirría, me abruma igual que el día que la Lissard, pletórica y desdeñosa, me acompañó personalmente hasta ese lugar donde el Hospital Central de Saint Denis pasa a llamarse puta calle.


Así y todo, hoy me siento feliz. Estreno público y es devoto, creo. También exiguo y poco exigente, pero eso ahora me importa menos que la ilusión que percibo en sus ojos cada vez que le leo una entrega de mi obra. Disfruto tanto con el efecto que produce que hasta he dejado de protestar cada vez que el masaje terapéutico deriva en descarado mete mano, y me cuido de no romper la magia si con su voz de petimetre emplumado, Max pide detalles o suplica por un adelanto del episodio de mañana. Diría Matthieu, que lo que me ocurre es que con el culo al aire, sobre la camilla y acariciado por un tío, me aflora ese tanto por ciento variable de maricón que todos llevamos dentro, pero sé de sobra que Matthieu es un toca huevos, que ni se imagina lo que supone el reconocimiento para un autor.

viernes, 27 de septiembre de 2013

Mariela y el mal de amor XVI


“Con la desmesura de sus hombros tapaba toda la puerta y aun tuvo que ladear la cabeza para superar la parte de arriba y entrar sin tocar. Claro está que nadie le esperaba allí y que sus llegadas solían imponer respetuosos silencios, pero a fe que nada en su expresión de aquella tarde hacía temer de sus intenciones. Acaso, digo yo, asistimos con algo de curiosidad por lo que el cornudo pudiera tener que decir ante tal foro. Desde luego, fuimos muy ingenuos al imaginar que Pascualón, recién espantados los lobos que le acosaban a Mariela, consentiría sin trauma ni dolor todo lo demás. Ahora sé que Mariela si sospechaba otra cosa y por eso soltó soltar un “Ay” bien agudo y aspirado, tan pronto como el gigante le echó la vista encima a Mercader, como una losa. La mujer, temiendo una tragedia inminente, retrocedió culposa hasta la pared, manos sobre boca, y Raúl, desmejorado como nunca le había visto, inició la acción de ponerse en pie, bobalicón y boquiabierto. Nunca he querido saber si aquel rictus fue por fin un rasgo humano, efecto del mal trago, o la sintomatología natural de quien se enfrenta a esa experiencia límite, tan frenética y ansiada. Sea como sea, todo lo que ocurrió después, ocurrió demasiado deprisa para mis reflejos, así que como testigo presencial no puedo decir más que primero voló la mesa, con la baraja, los ceniceros y las jarras de cerveza, que inmediatamente después lo hicieron Telete y Marquitos Aguilar, por su afición en profesar de escuderos, y que coincidiendo con el tercer aullido de terror, yo me abalancé hacia la puerta abierta y corrí. Sin respiración y empapado por un tremendo aguacero, me detuve al abrigo de una escueta marquesina de la calle de la Luna y para mi descargo, vi que me seguían todos, salvo los desventurados…”

domingo, 16 de junio de 2013

Mariela y el mal de amor XV

Ayer, poco después del alba, se presentó aquí el doctor Asthon, con su cohorte de enfermeras y carros de guerra. Desalojaron sin contemplación a las brujas de la limpieza y después de examinarme minuciosamente la herida, me torturó hasta el alarido con brutales palpados, flexiones y extensiones de rodilla. Mi impresión fue que seguía doliendo tanto o más que la infausta noche que ingresé por urgencias y por supuesto infinitamente más que en los quince minutos anteriores. Así se lo hice saber, aunque no me hiciera ningún caso: “el dolor no es significativo” se limitó a gruñir al fin, fastidiado por mi pesadez “Por lo demás; ha evolucionado bien y cuando desaparezca la inflamación, la movilidad será completa” Dicho esto, me dedicó una sonrisa aséptica y una palmada en el brazo que no se si buscaba mi tranquilidad o mi comprensión por el monstruoso aspecto de la pierna. Luego se dirigió en voz baja a su equipo, escribió en un bloc y desapareció seguido, en fila india, por todos los demás. Me habían librado del drenaje y el nuevo apósito era tan ridículamente ligero, que de no ser por lo espantoso del color de la piel que lo rodeaba, yo mismo hubiera creído que me habían internado por un raspón.

jueves, 1 de noviembre de 2012

Mariela y el mal de amor XIV



No reconozco esta soledad de hoy; más amarga y contradictoria que nunca. Desde hace horas miro el horizonte difuso de tejados y humo, repitiendo palabras, repitiendo el lloroso alegato de Julia, jurando y perjurando que sólo dije lo que era necesario decir. Ni una palabra de más. -Acaso- concedo -de haberlo pensado mejor habría suavizado las formas- pero al momento reconsidero mi indignación de toda la tarde y sentencio que me tiene muy harto. -No tiene derecho a meter las narices en mis cosas. Menos aún a mostrar mis papeles a todo cristo, mucho menos al propio Mattarasa, y sin tan siquiera preguntar; como si fuera un incapaz. No. Me importa una mierda si lo hizo o no con la mejor intención, o si yo nunca hubiera llegado a dar ese paso. Me correspondía a mí- atajo decidido a dejar zanjado el asunto, y, sin embargo, observo desalentado como tras mi última palabra, sigue cayendo la noche sobre un inquietante mar de culpas. 

viernes, 1 de junio de 2012

Mariela y el mal de amor XIII



Este domingo me sorprendió el propio Monsieur Mattarasa, presentándose aquí, en mi habitación. Algo que en ningún momento y bajo ninguna circunstancia hubiera imaginado. Entró sin llamar, cabizbajo y adusto, tal y como le gusta presentarse ante los subordinados. Cruzó frente a los pies de la cama y, manos a la espalda, fue a plantarse ante mi nueva ventana de tristes vistas. El sol entraba como un tiro aquella mañana; tan radiante que se hacía doloroso al tratar advertir en la zuña del patrón algún signo por el que preocuparse. Guiñando un ojo y haciendo visera con la mano, pude a duras penas hacerle un reconocimiento somero; su color y rictus eran los de siempre y sus ojillos de gorrino no decían nada digno de mención. Ninguna señal invitaba a atrincherarse, pero el hecho de que se hiciera acompañar de Joël Arthaud, el membrillo de mi supervisor, tampoco era motivo de tranquilidad. Por todo lo demás; intemporal con su traje gris de espiga, su bragueta entre las rodillas y su chaparruda silueta de siempre recortada en el contraluz. 
Carlos, 2000
lápices de color y pastel

miércoles, 8 de febrero de 2012

Mariela y el mal de amor XII

Han pasado diez y seis días desde que ingresé en urgencias, catorce desde que me trajeron a esta habitación y aquí sigo, entre estas cuatro paredes blancas, asistiendo impasible al lento paso de las horas. Dicen que todo salió bien, que he tenido mucha suerte y que seguramente mi rodilla recuperará la movilidad sin necesidad de practicar la segunda intervención que estaba prevista. También dicen que aquí, en el hospital público Delafontaine, gozan del privilegio de contar con uno de los mejores especialistas de Francia en articulaciones, lo que viene a advertir sobre lo contrario al espíritu del Catorce de Julio que sería ponerse a cuestionar, por ende, su talla mundial. En todo caso el dato es tranquilizador, pese a que nadie me ha asegurado que fuera la eminencia Clermont quien se encargara personalmente de mi pobre rodilla. Fuera como fuera, lo cierto es que hace algunos días que no sangra y apenas supura aunque siga doliendo tanto la jodida. Se, por referencias, que me practicaron tres incisiones y que por el momento evoluciona bien, pero la verdad es que aún no he tenido cojones para mirar el aspecto que presenta, ni de reojo. Cada vez que me levantan la cura, cierro los ojos durante los diez minutos que tarda el doctor Asthon en manosear y apretar antes de que la enfermera lo recomponga todo. 

martes, 1 de noviembre de 2011

Mariela y el mal de amor XI


Acera abajo, absorto y conjeturando con lo que podría haber sido la más luminosa aventura de Mercader; la parisina, reparo en una enorme rama que cierra la acera más adelante. Sobrecogido por la desgajadura que luce un viejo castaño, reconsidero la verdadera intensidad del aguacero y busco entre el tráfico el hueco que me permita sortear el obstáculo por la calzada. Entre tanto, los chavales que caminaban detrás de mí, alcanzan el muro de hojas y no dudan; se abalanzan contra la fronda, desaparecen y acto seguido se alejan riendo por el otro lado. –Habrá que imitarles- digo resignado. Estudio el follaje y tratando de no aparentar demasiados prejuicios, me planto de una zancada en la improvisada jungla urbana. Lo primero que siento es que se me empapan los vaqueros.

sábado, 30 de abril de 2011

Mariela y el mal de amor X


Bajo despacio, atento al polifónico lamento de los peldaños de madera, tanteando el vertiginoso balanceo de la barandilla que, como un suicida indeciso, coquetea y coquetea con el abismo abierto hacia el enlosado del patio. Una bombilla, única, pende del cable en cada rellano y su luz, naranja y exigua, potencia la impresión general del abandono: telarañas, paredes y techos de blancura asolada, grietas, desconchados y una gruesa capa de polvo en todo lo que no es estrictamente mi zona de paso. En cada puerta que me encuentro, un día verde Oxford, un remiendo y una doble cerradura dan fe de la tragedia de viejos asaltos, y del otro lado, sólo silencio; testigo miserable de un voluntario desapego con la memoria. El eco de mis pasos sube hasta el tragaluz del ático y luego baja tranquilamente, detrás de mí, guardando la distancia. Al pie de la escalera me detengo y oigo como se detiene a la altura de la entreplanta. Siento que se me eriza la nuca y vuelvo la cabeza, pero, como fantasma residente, no descubro más que a este familiar y rancio olor a café y pan tostado de antiguos desayunos que aun lo invade todo. Mientras cruzo el patio, no dudo que se trata del custodio de las almas, que antes de mí, vivieron y murieron en este número seis de la rue Dezobry. El portal ha encallado otra vez.

viernes, 15 de abril de 2011

Mariela y el mal de amor IX


Zaipi, 1997


Miro el reloj y me acomodo delante del teclado mientras doy vueltas a la triste evidencia de mi propia desidia: -Matthieu no es ningún mentiroso- me recuerdo -y ahora resulta que no repuse mis botas rotas de lluvia ni me he hecho con impermeable decente, ni con un paraguas que sustituya al que perdí hace semanas- Estoy tentado de acercarme a la ventana, para corroborar el alcance real del Apocalipsis, pero me detengo por temor a perder el hilo entre los vaivenes de mi memoria. En lugar de eso, invento una eventual tendencia de mi amigo a la exageración y sin perder más tiempo, empiezo a teclear: “Un éxito de público. La noticia de la candidatura primero y, al poco, el reconocimiento formal de Mariela como zorra, fue, digo yo, la mejor operación de marketing que vivió el bar Las Cumbres en toda su historia. 
En pocos días magnificó su cartera de clientes, y si bien es verdad que esta no tardó en ajustarse a niveles asumibles por el servicio, es obvio que la recién estrenada condición de la dueña, ayudó como un ensalmo, a revalorizar un negocio a todas luces en declive. Como es natural, tamaña estrella no fue acogida sin trauma en la casa; a punto estuvo de materializarse el sacrificio de la salud y la autoestima de Chema y Mariela, sin ir más lejos, se tornó de pronto en mujer circunspecta y taciturna en su deambular. Pero no fue si no un momento de transición. Al final, sólo volvió a quedar en evidencia la fuerza insondable de la rutina sobre la conciencia y los muy mejorados ingresos, impusieron su lógica desde la caja.” 

sábado, 26 de marzo de 2011

Mariela y el mal de amor VIII

Zaipi, 2000
Escribo una fecha; “mayo de 1998”, aceptando que también pude haber pensado en junio o julio de otro año. Debajo hago una lista con los detalles que he ido recordando, y a pesar de ordenarlos con esmero, hago cambios y recoloco cada una de las muchas veces que la leo a continuación. Sigo: “Todo ocurría deprisa. Muy deprisa. Lo que hoy era un rumor, mañana era el pan nuestro de cada día y a la siguiente semana, mucho antes que todo el mundo estuviera al corriente, ya había pasado a ser historia. Así que una tarde, sin que yo hubiera advertido movimiento alguno, alguien mas avispado, ya avisó que los de afuera, hablaba de los clientes del bar, andaban mancillando el buen nombre de la dueña de la casa y recelaban de forma capciosa sobre lo que presuntamente se cocía en el misterioso salón.

sábado, 5 de marzo de 2011

Mariela y el mal de amor VII

Zaipi, 1998
Me sobresalto con el estrépito que arma el camión de los bomberos al arrancar; lo noto como un calambre en la planta de los pies y un frenético trepidar en la ventana. Oigo gritos, sobre todo oigo multitud de golpes y como se enrollan las mangueras y se cierran las puertas. Se detiene el rotativo y vuelvo la vista; la calle ha desaparecido en medio de la noche. Bien mirado, el operativo de desagüe añadía un punto festivo a las tristes vistas de casa. Los escucho alejarse despacio mientras reparo en mi propia imagen estampada en los cristales. Me miro como miraría a un escritor importante; a la luz del flexo, con camisa gris y discreta panza de animal sedentario.

jueves, 10 de febrero de 2011

Mariela y el mal de amor VI

Alargo, sin pensar, la mano hacía la lata de cerveza que hace un rato saqué de la nevera y, a su lado, descubro una esquina del paquete de Camel . Me detengo en seco. Creo, ahora estoy seguro, que no voy a resistir mucho tiempo. Puede que, por no resistir, no resista ni los próximos tres segundos, y sin embargo no me muevo hacia el tabaco. Atrapo la lata y la aplasto entre los dedos. Por cierto, todavía está fresca. -¡Joder! No llevo ni media hora sin fumar y ya tengo mono. Mañana estaré insoportable y si mi fuerza de voluntad fuera lo suficientemente fuerte, pasado mañana sería adicto a los bocatas y a los caramelos de eucalipto. Engordaría y la mala leche acabaría con mi vida social.- Sigo cerrando el puño y el líquido desborda burbujeando sobre mi mano y mi antebrazo, mientras sopeso la otra opción; la del temido cáncer de pulmón. No hago nada por evitar que también gotee sobre los papeles que me pasó Julia.
Ramón Ventura, 1985

Ahora caigo en que ni los he mirado. Los tomo y ojeo la primera página mientras doy un buen trago que también sirve para empaparme el pecho de la camisa. Se trata de otra de sus entrevistas callejeras. Probablemente a un joven senegalés, ilustrador de camisetas o dibujante de tiras satíricas, que además es toxicómano y vive en la calle… La leeré luego, pero de todas maneras le diré que está muy bien, que la encuentro muy apropiada para ser publicada en su revista cultural online. Julia agradece mucho estos detalles de confianza y me da pie para pedirle luego que revise mis escritos. Ella es una crítica estricta y concienzuda; justo lo que necesita un tipo sin estilo literario y dejado, como yo. También creo que nunca le pediré que lea esto que estoy escribiendo hoy. No. Ni aun en el caso que algún día llegue a ser algo más que un esbozo. No, pero no por pudor, si no por que no quiero ser psicoanalizado por ella. Se que lo haría; a ratos libres, pero que lo haría de forma meticulosa y eficiente. Se que no estaría conforme con el enfoque, al que tildaría de machista, y que diferiría radicalmente de mis planteamientos, de mis puntos de vista y de mi proceder en el pasado. Pero sobre todo se que por no herirme, guardaría un prudente silencio al respecto de algunas facetas importantes de mi personalidad. Bueno; tal vez un prudente silencio provisional. Un silencio roto cualquier noche en que las copas le soltaran la lengua lo suficiente para dejar que se impusiera su sana objetividad. Ya la veo buscarme, ya la veo encontrarme y ponerme al día de sus conclusiones. Sin duda; lo que peor soporto de ella son los desasosiegos, verdaderos tormentos del alma, que puede provocar durante mis resacas.

viernes, 4 de febrero de 2011

Mariela y el mal de amor V

Vuelve a llover con fuerza, aunque ya no con la fuerza de hace un rato. Una luz rotativa aparece de pronto, incendiando con altas llamaradas de color ámbar las fachadas del otro lado de la calle. -Ya se ha inundado el sótano de la farmacia y han venido a los bomberos- pienso mientras me imagino, no sin algo de maldad, a mademoiselle Druon despotricando contra los técnicos municipales. En el último año le aseguraron, hasta en seis ocasiones, que el problema con el alcantarillado estaba definitivamente resuelto. 
Me tienta acercarme a la ventana para curiosear pero me reprimo; precisamente y para despejar algunas dudas, me acude a la memoria una confidencia que, durante una larga madrugada etílica, Freddy destripó sin ambages. No se, después de tantos años, cuales fueron sus palabras, pero recuerdo bien la esencia del mensaje que decía esto: “Por entones, sólo se habían acostado un par de veces, su affaire todavía no era tal y era de suponer que el suyo era un secreto a dos bandas. El mancebo ya era un cliente fijo del bar de Mariela y un día, atendiendo a una noticia de la primera edición del Telediario en la que aparecían algunas modelos desfilando en ropa interior, soltó delante de Chema, el camarero de confianza: “Me encantaría hacérmelo con una pelona, y mejor aún; raparla yo mismo”. Eran otros tiempos, claro está. Tras los consabidos comentarios jocosos, la cosa quedó como de otra de las tantas filias sexuales que el mismo se atribuía, pero en la siguiente cita, alguna semana más tarde, Mariela apareció con el servicio de afeitado del abuelo dentro del bolso; bacía, jaboncillo, brocha y navaja.” Excuso pormenorizar la parte final del relato; la desenfrenada calentura de ella, el escaso filo del útil, el mal pulso de él y la profusa aplicación de Betadine y apósitos con que trataron de contener las hemorragias. Lo escribo sólo como una nota a recordar, aunque sospecho que moriré sin olvidarlo… por que aquella información me turbó, lo confieso. 

Fue la primera vez que malicié que la necesidad de obtener placer sexual a través del sometimiento también se daba entre la gente real; más allá de Historia de O y mucho, mucho más acá de los relatos de Anaïs Nin. En fin… en pocos días superé la impresión, pero aquel episodio supuso todo un punto de inflexión desde el que no tuve más opción que reconsiderar algunos aspectos trascendentes de mi filosofía vital frente a la de Raúl Mercader… 
Aquella vara si que dolió.

Continuará


viernes, 28 de enero de 2011

Mariela y el mal de amor IV

Zaipi

Regreso al escritorio, enciendo la lámpara y me dejo caer en una silla que se queja con un traquido siniestro. Podría inventar cualquier situación para justificar el hecho de que se conocieran. No se… como que Raúl fue a casa de ella para supervisar el trabajo de los electricistas de papá. Algo así sería coherente. Al fin y al cabo es un hecho biográfico que Raúl, recién rebotado de la universidad, fue reconvertido a jefecillo de la empresa. Bueno; a ese ambiguo cargo que se improvisa para los herederos y que se suele asignar bajo el hipócrita lema: “que empiece desde abajo, igual que yo”. En todo caso, creo que la familia de ella era cliente de Electricidad Mercader desde que el padre de Mariela abriera el bar Las Cumbres al licenciarse de la mili, así que es muy probable pues que ya se conocieran. …hasta creo que alguien me contó eso. Por otro lado, a nadie puede extrañar que él, un irresistible conquistador obsesionado por la exclusividad de sus conquistas, se sintiera morbosamente desafiado por su belleza prohibida. Nada extraordinario hasta aquí y da pie para continuar explicando que ella; tal vez sabiéndose deseada y sexualmente satisfecha después de  tanto tiempo, o quizá, quien sabe, si por primera vez, decidió enarbolar la bandera de la liberación, contra todo pronóstico y contra viento y marea. Lo medito un momento. Por que… ¿es seguro que no hubo amor? No. Que va a haber. Él sólo estaba enamorado de él, y ella… Lo de ella todavía tiene menos que ver con el amor: aprovechó la osadía de su pretendiente para darle un gusto al cuerpo. Mas tarde y una vez evaluado el inevitable sentimiento de culpa, que al parecer juzgó llevadero, decidió deshacerse también del pesado rol de esposa fiel y abnegada. Me imagino que ante todo, estaba hasta las narices del tal Pascualón y de las dos insulsas hijas que le dio, y que sólo precisaba del hecho revelador que le evidenciara su triste realidad: mujer insatisfecha, compañera olvidada, infatigable ama de casa… y también la obligatoriedad de seguir desempeñando el ingrato papel de regente vitalicia de un bar, dudosamente rentable, que heredó de su padre como un activo sentimental más.  Cavilo durante algunos minutos. -Muy bien pudo ocurrir de esta manera- concluyo. Pero entonces, ¿estaría contando, detalles aparte, otra edición del clásico mito del adolescente y la madura que sale por peteneras? Y fue algo más que eso ¿verdad? Siempre di por hecho que el espíritu demoníaco de Raúl Mercader, había provocado el desastre; desde el principio hasta el punto insostenible al que llegó. ¿Pero fue así o fue mi obsesión por este tipo, la me llevó a inventar una realidad paralela? La verdad es que ya no estoy muy seguro de nada, pero eso sería verdaderamente grotesco. 

Continuará

domingo, 16 de enero de 2011

Mariela y el mal de amor III

Zaipi, 1993
Desecho otra vez la idea de fumar cuando me fijo en que se ha desatado un tremendo aguacero. Las gotas golpean los cristales con un tamborileo metálico que anula el ruido de la ciudad. Los gruesos álamos se doblan como juncos y los peatones corren al abrigo de las marquesinas de las tiendas que jalonan la acera de enfrente. Pasan tres minutos de las siete y vuelvo a negarme a encender un cigarrillo. –Bien- me digo en tono de parabién y leo lo que acabo de escribir para subrayar inmediatamente varios renglones que no me convencen nada. Nada me convence nada. Sólo tengo una idea demasiado general y no se por donde empezar. En un breve acceso de frustración, arrojo sobre la mesa el encendedor que guardaba el la mano, me levanto y me planto junto a la ventana. La calle parece un nuevo brazo del río y los coches avanzan lentos como carros de combate, sin orden y levantando un oleaje que baña las aceras. En la esquina con Auguste Delaune un gendarme trata, a golpe de braceo y silbato, de poner algo de cordura en el caos,  pero a los pocos segundos también el desiste y huye a la carrera. Empiezan a caer granizos y me acuerdo con pesar de los geranios de Julia, pero la carnicería floral apenas dura un momento. -¿Cómo se conocerían?- me pregunto sólo por preguntar y apenas con una remota esperanza de que mediante el manoseo de lo más superfluo, halle al fin algo de inspiración. La verdad es que nunca he conseguido hacerme una idea de lo que pudo ocurrir. Me río por que se me antoja de pronto muy ridículo mi afán por contar unos hechos que ignoro y que, además, tanto me vanaglorié de ignorar en el pasado. ¡En fin! Yo, como era costumbre, me enteré tarde de los hechos; supongo que aunque ya lo tenía oído, no pregunté… -Por supuesto que no pregunté ¿Preguntar yo por las andanzas de Raúl? Eso, jamás me lo permití- aseguro. Y es verdad. . Aunque si fuera sincero tendría que admitir que aunque sin hacer preguntas, al final también me dejé atrapar morbosamente por la crónica de aquellos amoríos y, como casi todos mis amigos, acepté mudarme con cierto deleite desde el bar de Michel, que venía siendo mi segunda casa, hasta el de Mariela, en el cual no había entrado en la vida. Y es que, otra vez, como si de una droga dura se tratara, se manifestó el irresistible liderazgo de Raúl. En justicia, y en nuestro descargo, hay que decir que no todo el interés lo despertaban aquellas tórridas pasiones de nuestro idolatrado amigo, si no también, y hasta se cruzaban apuestas y chascarrillos, la previsible, inminente y violenta reacción de Pascualón: un hombretón de más de uno noventa por uno veinte, hosco y de expresión brutal, cuyos brazos, semejantes a pesados y nudosos maderos de roble, ya advertían a distancia sobre su ilimitada capacidad destructora.  Pero Pascualón, para sorpresa de todos, demostró, no se si por falta de interés o de tiempo, una capacidad de aguante que además de desbordar toda previsión, disparó la tensión hasta el infinito.
La calle está ya totalmente anegada y se percibe ahora una calma inquietante que nadie parece dispuesto a romper, salvo el cielo; más sombrío y encapotado que nunca. Entre tanto, todo Saint Denis, escurre como una esponja.


Continuará

domingo, 9 de enero de 2011

Mariela y el mal de amor II

Raúl era un niño, y a mi ya me lo parecía entonces, irritable, arisco, maniático, narciso e insoportable que por si fuera poco, tardó años y años en socializarse. Pese a todo, cuando se hizo con algunos amigos, se reveló de inmediato con unas dotes innegables de líder, cosa que por cierto, en adelante cultivó hasta el éxtasis. También se desarrolló físicamente antes y, a decir verdad, más que la mayoría de nosotros, lo que unido a su genio deportivo, le convirtió en uno de esos pequeños ídolos escolares a los que la lógica de los doce años,  les eleva sin prólogos a los altares de la sacralidad. No era, y nunca lo fue, un buen estudiante, pero eso, lejos de suponer un inconveniente como le hubiera ocurrido a cualquier otro, en él sólo se sumó a su larga lista de encantos incontestables. No se puede negar, yo al menos no lo hago, que el hecho de no tener hermanos y ser hijo de un acomodado industrial bien dispuesto a agradecer a los Padres Escolapios sus desvelos por el porvenir del nene, resultó determinante a la hora de, tal vez entre otras cosas, maquillar su expediente escolar. En realidad lo que opino yo es que resultó tan vergonzosamente determinante que hizo que terminara el COU con tan sólo un año de retraso y se atreviera con la aventura de empezar una carrera universitaria; veterinaria, creo recordar.
Zaipi, 1992
No diré que no fuera un tipo inteligente; lo era. Más inteligente que yo y más inteligente incluso de lo que aseguraban sus muchos incondicionales y no negaré que afloraban en él claros rasgos de genialidad, aunque las más de las veces, peligrosamente desatada. Tampoco voy a decir que su hechizo personal no fuera obvio y arrollador, ni que su fuerte personalidad y su desenvoltura no cautivaran a cualquiera. Mucho menos me atrevo a poner en cuestión su reputada belleza física o el acúmulo de experiencias que se le atribuían y de las que no dudo que se correspondieran razonablemente con la realidad. No. Lo que digo es que muy por encima de eso y aun a pesar de todo ello, Raúl Mercader era, en el sentido más peyorativo posible del término, un auténtico hijo de puta.
Merced a una desdichada combinación de circunstancias y también por culpa de ese raro sentido de la fidelidad y de la amistad que crece en la adolescencia, durante el bachillerato coincidimos contra todo pronóstico en la misma pandilla de amigos. Como si de pronto y para mi sorpresa, no contara el pasado; entendí espontáneamente que tal vez era la hora de intentar un esfuerzo por soportarnos. Pasó el tiempo, pasaron varios años, y reconozco que nos soportamos sin demasiado esfuerzo y en medio de un cierto grado de camaradería; puntualmente con algún momento de complicidad. Quiero precisar que nunca pasamos de allí.

Contnuará

viernes, 7 de enero de 2011

Mariela y el mal de amor


Hace tanto tiempo que ya casi no puedo recordar sus rasgos. Guardo, eso si, una imagen algo difusa de su pelo negro, de sus grandes ojos, de su amplia risa dentífrica y sobre todo de una silueta de cuarentona contundente.

De nuevo, me acomodo ante el teclado y leo y releo el único párrafo que hay escrito. Pienso que sería más fácil tratar de escribir un relato de ficción; en este momento seguiría hablando de las bondades humanas de la tal Mariela y de sus atributos de hembra aun lozana, para entrar en situación inventando una tranquila escena cotidiana que sirviera para explicar su papel en esta historia. Historia… ¿Pero qué historia debo contar? ¿Una historia de amor? Apago el cigarrillo hasta que no percibo ni el fulgor de un pedacito de brasa dentro del cenicero. Es seguro que no hubo historia de amor, pero ¿acaso hubo sólo una historia de sexo? Al, hilo, me viene a la memoria Telete, cuando muy natural y seguro de si, justificó a su amigo del alma delante de los desconsolados padres: -pero si no tenía nada con ella, a él no le importaba, si todo era un juego, una bobada- No importa el ataque histérico que sufrió la madre, ni los improperios que soltó el padre, ni importa su evidente falta de tacto en un momento como aquel, ni que nadie estuviera dispuesto a creerle; Telete era quien más sabía de las cosas de Raúl y aquella vez no mentía. Mariela no sedujo a Raúl, si no que fue su principal víctima. Él, se propuso demostrar al mundo quien era en realidad, y urdió para ello un plan maquiavélico que aprovechaba los vicios, las carencias y las debilidades de todos sin que nadie se supiera oponer, ni siquiera para evitar una tragedia inminente.

Zaipi, 1992
Me pongo otro cigarrillo entre los labios, pero me detengo justo antes de prenderlo; hace menos de dos minutos que he apagado el anterior. Un día de estos tengo que dejar de fumar me prometo mientras le doy vueltas al recuerdo mas antiguo que conservo de Raúl Mercader. Al poco, dejo un buen espacio con lo anterior y escribo: Nos conocimos en el parvulario, o casi, y nunca, durante todos los cursos de primaria, llegamos a simpatizar lo más mínimo. Es verdad que no me viene a la cabeza ningún enfrentamiento memorable, pero pasamos la infancia ignorándonos en el peor sentido de la palabra.



Continuará