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Mostrando entradas con la etiqueta Antonio Muñoz Molina. Mostrar todas las entradas
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sábado, 28 de diciembre de 2013

Albert Camus

"Albert Camus"
Acuarela sobre papel
Damián, 2013
Canonizar a Camus en la ocasión oficiosa de su centenario es seguir empeñándose en lo que ni sus peores enemigos lograron cuando estaba vivo: domesticarlo, o en su defecto sepultarlo en la irrelevancia, o peor todavía, en el malentendido. Más de medio siglo después de su muerte, cuando las causas que más le importaron —la guerra de la independencia de Argelia, la revolución antisoviética en Hungría— ya están olvidadas, cuesta poco seleccionar unas cuantas frases suyas que suenen bien y ponerlas al pie de una de sus fotografías en blanco y negro para lograr un Camus confortable, que nos venga bien para legitimar nuestras posiciones o nuestros prejuicios. Seguro en su lugar del pasado, inmóvil en sus imágenes como un santo en una hornacina, leído por encima o citado de oídas, y desde luego desprendido de las controversias feroces que lo angustiaban y lo estimulaban, Camus queda solemne, indiscutible, irrelevante en el fondo, un escritor con madera de galán del tiempo en que los intelectuales salían en las fotos con un cigarrillo en la boca, fotogénico, eso sí, más fotogénico que ningún otro, ideal para pósters de librerías y portadas de suplementos literarios.

Antonio Muñoz Molina

sábado, 15 de junio de 2013

Nostalgia de Manahatta

Así llamaban los indios Lenape a la isla de Manhattan, su hábitat natural poblado de bosques y fauna, destruido hace dos siglos. 


Después de un mes de junio en el que ha llovido más y más torrencialmente de lo que nadie recuerda, los árboles de Nueva York -los de los parques y los de las calles, y los que crecen salvajes en los descampados y en las laderas entre los puentes de las autopistas- tienen un brillo de esmeralda, un resplandor de selva. Malezas, hiedra venenosa, enredaderas, crecen por todas partes y cubren y cubren los troncos de los árboles caídos, que alimentan una población de larvas e insectos vigorizados por la mezcla de humedad y calor. El año pasado, un libro de éxito, El mundo sin nosotros, contó con vivacidad alucinante lo que ocurriría en la ciudad si de un día para otro desaparecieran de ella los seres humanos: en pocos días los túneles del metro estarían inundados, al detenerse las bombas que continuamente achican las aguas subterráneas; en unos años el bosque habría empezado a reconquistar las zonas ahora colonizadas por el hormigón, el cristal, el acero y el asfalto. Cuando uno llega de Europa lo primero que le impresiona de Nueva York es la escala de las construcciones humanas; cuando lleva un poco tiempo viviendo en la ciudad, de lo que se da cuenta es del poderío nunca domado de la naturaleza, que aquí se impone con una rotundidad exótica y hasta amenazadora para nuestras pacíficas escalas europeas. Un temporal de lluvias puede durar varios días y varias noches; en verano, cuando la temperatura alcanza los cuarenta grados y la humedad se acerca al cien por cien, las copas de los árboles desaparecen en una densa neblina que le hace a uno pensar en la de las junglas monzónicas. 

viernes, 8 de marzo de 2013

Elogio de la democracia

“En treinta y tantos años de democracia y después de casi cuarenta de dictadura no se ha hecho ninguna pedagogía democrática. La democracia tiene que ser enseñada, porque no es natural, porque va en contra de inclinaciones muy arraigadas en los seres humanos. Lo natural no es la igualdad sino el dominio de los fuertes sobre los débiles. Lo natural es el clan familiar y la tribu, los lazos de sangre, el recelo hacia los forasteros, el apego a lo conocido, el rechazo de quien habla en otra lengua o tiene otro color de pelo en la piel. Y la tendencia infantil y adolescente a poner las propias apetencias por encima de todo, sin reparar en las consecuencias que pueden tener para los otros, es tan poderosa que hacen falta muchos años de constante educación para corregirla. Lo natural es aceptar límites a los demás y no aceptarlos en uno mismo. Creerse el centro del mundo es tan natural como creer que la Tierra ocupa el centro del universo y que el Sol gira alrededor de ella. El prejuicio es mucho más natural que la vocación sincera de saber. Lo natural es la barbarie, no la civilización, el grito o el puñetazo y no el argumento persuasivo, la fruición inmediata y no el empeño a largo plazo (...) 


Lo natural es la ignorancia: no hay aprendizaje que no requiera un esfuerzo y que no tarde en dar fruto. Y si la democracia no se enseña con paciencia y dedicación y no se aprende en la práctica cotidiana, sus grandes principios quedan en el vacío o sirven como pantalla a la corrupción y a la demagogia. La única manera de predicar la democracia es con el ejemplo. Y con el ejemplo de sus actos y de sus palabras lo que han predicado con abrumadora frecuencia en España la mayoría de los dirigentes políticos y de sus propagandistas ha sido lo contrario de la democracia”.

Antonio Muñoz Molina