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martes, 1 de noviembre de 2011

Mariela y el mal de amor XI


Acera abajo, absorto y conjeturando con lo que podría haber sido la más luminosa aventura de Mercader; la parisina, reparo en una enorme rama que cierra la acera más adelante. Sobrecogido por la desgajadura que luce un viejo castaño, reconsidero la verdadera intensidad del aguacero y busco entre el tráfico el hueco que me permita sortear el obstáculo por la calzada. Entre tanto, los chavales que caminaban detrás de mí, alcanzan el muro de hojas y no dudan; se abalanzan contra la fronda, desaparecen y acto seguido se alejan riendo por el otro lado. –Habrá que imitarles- digo resignado. Estudio el follaje y tratando de no aparentar demasiados prejuicios, me planto de una zancada en la improvisada jungla urbana. Lo primero que siento es que se me empapan los vaqueros.
    
-Nunca imaginé que una rama pudiera retener tanta agua. ¡En fin!- Doy otro paso. La profusa enramada coarta mis movimientos, me aprisiona y me araña y lo peor; la agitación que produzco hace que las gotas de lluvia que quedaban adheridas a las hojas se desprendan y caigan acompañando a miles de pequeños fragmentos del vegetal para introducirse por el cuello de mi camisa. A duras penas me adentro más en la espesura, aunque, forzado a cambiar de rumbo, no se bien en que dirección avanzo. No veo absolutamente nada y los aterciopelados lóbulos que me cosquillean cuello y manos, provocan un picor intenso que no puedo atender. De pronto me detengo; noto un pie atrapado en una horquilla y no sale. Tan inmovilizado estoy que no alcanzo un asidero para las manos y tampoco el equilibrio para el cuerpo por que una rama, tan gruesa como mi brazo, me empuja del pecho como un policía. Hago lo posible por retroceder pero mi pie, preso, tampoco facilita esa maniobra. Con el libre, tanteo los apoyos disponibles y al fin doy con un tocón que se me antoja resistente aunque no queda bien situado. Pruebo un par de veces y me afianzo luego, cambiando el peso hacia mi pierna operativa para así girar mi otro tobillo deslizándolo por el hueco franco. Maniobro. Siento un dolor agudo en el tendón de Aquiles, como si un animal pequeño me mordiera, pero prefiero no atender ahora naderías; mi pilar de apoyo empieza a deslizarse mansamente sobre el resbaladizo vegetal. -Me voy a caer- pienso y aborto el operativo. Al recuperar la posición inicial, el mordisco sobre el tendón se reproduce, ahora con un pinchazo tan intenso que me estremece. A causa de tal convulsión, mi pie pierde la escasa adherencia con que se asía y como impulsado por un muelle, se dispara al estilo de una patada de rugby. Mi pelvis rota en vertical y mi tronco se catapulta bruscamente hacia atrás, desamparado. Creo que en este momento dejo escapar un grito, no se si por el miedo a desnucarme, por el brutal impacto de mi espinilla o por la dolorosa y antinatural torsión de mi rodilla derecha, víctima de un pie todavía atrapado. El dolor es espantoso. Creo que me he roto una pierna y probablemente la otra, aunque también parece cierto que no me he desnucado gracias a que la rama que he roto al caer hacia atrás, me ha ensartado in-extremis por el cuello de la cazadora tras despellejarme la espalda. Sin embargo, agradezco que al menos haya cesado el alboroto forestal y pueda escuchar la decena de voces que hay detrás de mí. Una chica de unos veinticinco, que llega a rozarme el hombro oliendo a Eau de Rochas, me dice apenada: “No alcanzo a cogerle señor, pero no se mueva de ahí. Hay una ambulancia en camino”. Alguien hoza enconadamente entre las hojas y al poco abre un hueco por el que asoma sus narices. Un exiguo rayo de luz, también entra para descubrir a mi derecha un fox-terrier que me mira. Un hombre comenta en voz alta lo absurdo de mi maniobra, otro asegura que quedaba un buen paso junto a la fachada, una niña llama a su perrito y otro fulano con acusado acento árabe, da por hecho que estoy drogado.
Trato de izarme y recomponer en lo posible la figura, pero apenas me muevo, el dolor de mi rodilla, que latía ligeramente aletargado, se reivindica de golpe, multiplicándose por millones de unidades de dolor. Soy consciente de que aúllo como un lobo, pero no puedo oírme. Sólo siento que algo en mi se rompe y que huye la luz de mis ojos. -Voy a perder el conocimiento. Tampoco es mala manera de acabar con esto- digo.

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