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miércoles, 8 de febrero de 2012

Mariela y el mal de amor XII

Han pasado diez y seis días desde que ingresé en urgencias, catorce desde que me trajeron a esta habitación y aquí sigo, entre estas cuatro paredes blancas, asistiendo impasible al lento paso de las horas. Dicen que todo salió bien, que he tenido mucha suerte y que seguramente mi rodilla recuperará la movilidad sin necesidad de practicar la segunda intervención que estaba prevista. También dicen que aquí, en el hospital público Delafontaine, gozan del privilegio de contar con uno de los mejores especialistas de Francia en articulaciones, lo que viene a advertir sobre lo contrario al espíritu del Catorce de Julio que sería ponerse a cuestionar, por ende, su talla mundial. En todo caso el dato es tranquilizador, pese a que nadie me ha asegurado que fuera la eminencia Clermont quien se encargara personalmente de mi pobre rodilla. Fuera como fuera, lo cierto es que hace algunos días que no sangra y apenas supura aunque siga doliendo tanto la jodida. Se, por referencias, que me practicaron tres incisiones y que por el momento evoluciona bien, pero la verdad es que aún no he tenido cojones para mirar el aspecto que presenta, ni de reojo. Cada vez que me levantan la cura, cierro los ojos durante los diez minutos que tarda el doctor Asthon en manosear y apretar antes de que la enfermera lo recomponga todo. 
La comida es nefasta, al menos tanto como uno imagina, y sin embargo mis papilas la aceptan sin chistar; así y todo, me he quedado en los huesos. La sed me atormenta, la tiranía de vivir en simbiosis con un gotero es por momentos intolerable y este tedio, que no me quito de encima, amenaza a mis tres neuronas creativas con postergarlas a una perpetua discapacidad. Reconozco que son las visitas quienes, a duras penas, aun me sostienen psicológicamente, y tampoco negaré que, hora a hora y minuto a minuto, es lo único que espero con verdadero ansia. Un ansia infantil, exagerada y excesiva de la que acaso llegue a avergonzarme, pero que por el momento, en este paréntesis existencial, hace de mí un tipo que no reconozco. Julia viene al final de cada tarde, sin faltar una, Albéric y Daniel dos o tres veces por semana y Matthieu cada pocos días; el muy cabrón todavía se ríe de mi accidente aunque en desagravio también me trae dos paquetes de Camel. Por el tabaco ya he sido seriamente amonestado y las dos brujas que hacen limpieza a primera hora de la mañana, no conformes sólo con espantar al tierno pajarillo pardo que cada amanecer acude al alféizar de mi ventana, “pipit” le dicen, últimamente hasta se toman la licencia de buscar los cigarrillos entre mis cosas. No los encontrarán. No tienen valor para revolver entre mis papeles y mis asuntos de trabajo; precisamente aquellos que Julia, tan pronto como me vio algo espabilado tras la operación, me dejó un buen día sobre la cama, con una de sus desenvueltas sonrisas. –He pasado por tu casa - dijo –Si tienes ganas y ya que te aburres… puedes ir adelantando algo de trabajo. Supongo que la miré de la mala manera que se mira un segundo antes de matar, pero también traía mi maquinilla de afeitar, mi cargador del móvil, su iPod, su ordenador portátil, un after-shave y un gel de baño que debió comprar por el camino, más un cepillo de dientes nuevo. Así que al final sólo acerté a balbucear sorpresa y agradecimiento, cuidándome mucho de no hacer referencia a mi viejo cepillo. Recuerdo que también asentía y asentía mientras ella me explicaba que había llevado la baja médica a mi empresa, que había puesto al día a mis compañeros… ¡En fin!

2 comentarios:

aina dijo...

Ignoraba que estuvieras en el hospital.Lo siento. Muchos ánimos y besos.

Felipe Postigo dijo...

Yo también lo ignoraba, pero de todas formas muchas gracias y más besos todavía.