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miércoles, 22 de diciembre de 2010

Que aproveche

 Las viandas que había en la vitrina no se le antojaron manjares, excepción hecha de aquella tortilla rellena, aunque lo cierto es que nada tenía mala pinta, ni parecía poco fresco o de poca confianza. Acaso los fritos, se veían hechos hace varias horas, detalle con el que quiso ser indulgente.
-¿Rellena de que?
-Calabacín, panceta, pimiento verde y tomate a la plancha.

En aquel momento, estaba seguro de ser capaz de prescindir de cualquier alimento, pero a la vista de aquella tortilla, intuyó que comer algo sería, tal vez, lo único que le sentaría bien. Con un punto de nostalgia, recordó a su madre, aun joven, en su vieja cocina de la calle Berbegal, explicándole con la seguridad que sólo da la experiencia, que comer bien es la mejor manera de enfrentar los problemas diarios y en especial los estados nerviosos. Por contraste, imaginó después a Carmen, ya no tan joven, conminándole con la seguridad que sólo da la fe plena en lo que se sabe de buena tinta: una ensalada con el pan justo, nada de grasas y los fritos; ni verlos –Hay que ver los cojones que tiene esta vida- pensó – Un hambre de posguerra omnipresente y una generación con demasiadas ganas de olvidarla, han sido suficiente para desavenir el criterio dietético de las madres españolas. -¿Y los hijos?- A los hijos no nos ha quedado nunca más remedio que alimentarnos bajo el auspicio del sentido materno-común dominante. Sacrificar la salud durante años con el afán de asegurar unas proteínas de futuro incierto, para que al final, con el futuro proteínico teóricamente garantizado, vernos obligados a inmolar cualquier placer en aras de acumular un excedente de salud, de futuro verdaderamente dudoso. ¡Vaya panorama!
-Uno pequeño de jamón ¡Por favor!- pidió asumiendo que los criterios ya nunca serían lo que habían sido.

sábado, 18 de diciembre de 2010

Y así acabarán negando hasta a su propia madre. Simplemente no quieren creer

Orestes perseguido por las Furias
Adolphe William Bouguereau

Hombre, nunca me lo había planteado así. ¿Yo no quiero creer? Pues la verdad, no lo se. Tengo muy claro que no creo, bien por que nunca he encontrado razón alguna para ello o simplemente por que no he sentido la necesidad. De todas maneras pienso que es muy obvio; creer o no creer no es un acto que se pueda ejercer a voluntad del usuario. Así pues, empecinarse en verlo como una opción personal más, no deja de ser una torpeza por no decir que una notable falta de inteligencia y puede hacer sospechar que quien eso piensa de otros puede muy bien declararse creyente bajo ese mismo principio; como quien declara una preferencia, como parte de una ideología, como imperativo social o pose ante el mundo, sin mas trasfondo.

Y así, por una natural y espontanea falta de creencia, sin otra razón, resulta que alguien es acusado sistemáticamente de negacionista compulsivo, dogmático, arrogante y amigo del mal entre muchas otras lindezas de mayor calado, pues es hasta posible que ese alguien, que no soy yo, pueda sentirse agredido y perseguido por cuestiones de conciencia. Lo cual, por cierto, está penado por la ley. Pero olvidándonos de esto; la verdad es que con esta actitud también se da pie a que quien esta injusticia sufre, responda con la misma moneda y entre muchas otras cosas, diga por ejemplo: Si nadie puede objetivamente, señalar causa alguna por la que creer en la existencia de ningún ente sobrenatural, no puede haber otra razón que una desmedida tendencia al rebaño, la incapacidad manifiesta para sentirse un hombre libre y dueño único de sus actos y sus palabras, la estupidez, el miedo a la muerte y el miedo irracional a la vida, la que mueva al hombre irremediablemente a inventarse un ser superior bajo el cual ponerse a salvo de todo mal y al falso amparo del cual poder crear la ilusión de un futuro asegurado. Como ya he dicho; la habilidad de creer o no creer, no se puede ejercer a voluntad. Por tanto; decir esto sería profundamente ridículo, simple, injusto, ofensivo, prejuicioso, gratuito y fuera de lugar. Así que yo no lo diré, tal y como lo ha dicho Él.

viernes, 10 de diciembre de 2010

Sumisión ciudadana o social-conformismo

La siguiente anécdota es reveladora del desolador panorama que nos domina. Hace unos días, una administración local española planteaba cerrar dos centros de trabajo. Aunque el carácter funcionarial de los empleados impedía el despido, a éstos se les explica en una reunión que se cambiarán sus turnos de trabajo, perderán varios pluses económicos, no existirá en principio un criterio equitativo y transparente para la recolocación ni tampoco se informa de en qué órgano legislativo se ha decidido el cierre de los centros. A continuación, el alto cargo pide que los trabajadores manifiesten sus posiciones, reclamaciones o comentarios. Un empleado de los de mayor titulación pide la palabra y pregunta: “¿El cierre será el 31 de diciembre o el 1 de enero? Es para organizarme las vacaciones”.

Este ejemplo nos dibuja el paisaje de sumisión y conformismo que se divisa entre la población. Durante siglos los pueblos han luchado por mejorar sus condiciones de vida, en la búsqueda de una sociedad más justa y desigual. En esa causa, millones de seres humanos dieron su vida enfrentándose a crueles dictaduras. Hoy, sin necesidad de esa represión, en los países desarrollados se asume la pérdida de derechos sociales conquistados y no se atisba un movimiento crítico de contestación a los atropellos de los poderosos.

Asistimos a "un rechazo hacia cualquier tipo de actitud que conlleve enfrentamiento o contradicción con el poder legalmente constituido". La guerra, la explotación y la competitividad, elementos todos ellos aberrantes de cualquier modelo de convivencia, son aceptados masivamente. "Nos entristece la injusticia, nos afectan emocionalmente las noticias que hablan del renacer de la esclavitud infantil, de la venta de órganos humanos, del comercio de niños, de la muerte por hambre. Es más, llegamos a encolerizarnos cuando nos muestran fotos y escenas donde se observan los horrores de las guerras. No soportamos tampoco a dictadores, caudillos y somos alérgicos a la arbitrariedad. Llegamos a defender el medio ambiente y la naturaleza. Nos identificamos con todo tipo de causas justas y valoramos en mucho la amistad, pero nuestro quehacer cotidiano es contrario a dichos postulados. Nos convencemos de la paradoja del conformismo"

[...]

Pascual Serrano
Rebelión

http://www.rebelion.org/hemeroteca/cultura/031104mr.htm

lunes, 6 de diciembre de 2010

Cambié algunas costumbres; voy y vengo en autobús


El año pasado me fijé en una pelirroja. Parecía extranjera; rusa o polaca o..., y siempre iba acompañada por una mujer mayor. Se quedaban al final del autobús, de pie. Tenía el pelo muy largo, y pómulos muy pronunciados. No era muy guapa, pero, de algún modo, me atraía. No como tu, claro. Mas de una vez pensé  en la conveniencia de presentarme, pero nunca me decidí. Llegamos a enfrentar los ojos más de lo decoroso. Un día desapareció. No he vuelto a verla. Habrá perdido su empleo o habrá regresado a su país. De este calibre son ahora mis aventuras. Casi podría decirse que aunque sigo sufriendo erecciones cuando pienso en ella, te he sido fiel ¿verdad?

Imagen: Carlos

lunes, 22 de noviembre de 2010

Canfranc ¡Ya no hay Pirineos!



En las viejas estaciones ferroviarias se respira una atmósfera especial, la misma que impregnaba las vías cuando los viajeros esperaban al ruidoso y acogedor tren, como en este caso, el edificio acumula casi un siglo de historia a sus espaldas, y está situado en un privilegiado enclave del Pirineo oscense, la visita es pura devoción.


El viajero ha recorrido muchas veces la majestuosa estación de Canfranc y siempre le ha asaltado un hondo abatimiento, a caballo entre la melancolía y la indignación, a medida que ha ido contemplando su progresivo deterioro. De unos años a esta parte, afortunadamente, esa amarga sensación se ha esfumado, porque se ha acometido una ambiciosa remodelación que le ayudará a recobrar parte del esplendor perdido. Ya no será lo mismo, desde luego, porque los visitantes no podrán recorrer en soledad, como antes, ese vestíbulo alfombrado de legajos, ni curiosear en las antiguas taquillas de porte decimonónico, ni asomarse a los mostradores preñados de pequeñas historias cotidianas. 




 Estampa de otra época, sus andenes vacíos y sus edificios herrumbrosos han sido siempre todo un ejemplo de resistencia, la encomiable tenacidad del perdedor que se niega a doblar la rodilla. Cuando contemple sus inconfundibles techados de pizarra, piense que está ante todo un símbolo del Alto Aragón, la expresión de un anhelo colectivo: la ansiada reapertura de la línea ferroviaria que unía Francia con España, un proyecto eternamente aplazado sobre el que parece pender una sentencia de muerte que nadie se atreve a firmar.


Un Viernes Santo de 1970, un tren que se dirigía camino de la localidad francesa de Bedous sufrió un accidente en el puente de L´Estanguet y cayó al río. No hubo víctimas, pero el contratiempo era la excusa que necesitaba la SNCF, la red ferroviaria francesa, para cerrar la línea, que había sido inaugurada 42 años antes por todo lo alto por Alfonso XIII y Gastón Doumergue, el presidente galo, tras casi medio siglo de obras. Sólo abrirse camino en las entrañas del macizo pirenáico través de un túnel de casi ocho kilómetros, una tarea ingente para la época, costó cuatro años. Cuando las dos galerías de avance se encontraron por fin en octubre de 1912, españoles y franceses gritaron al unísono: “¡Ya no hay Pirineos!”.



Canfranc es el último pueblo español por la carretera que lleva desde Jaca hasta el túnel de Somport en la frontera francesa. Muy frecuentado en la temporada de esquí por la cercanía de las estaciones de Candanchú o Astún, es mucho más tranquilo en la época en el que el blanco de la nieve deja paso al verde de los pastos pirenaicos enlucidos por el agua del deshielo. Dividido en dos localidades, Canfranc pueblo, el núcleo primitivo de población, y Canfranc estación, surgido espontáneamente con el asentamiento de los trabajadores que construyeron la majestuosa Estación Internacional. Inaugurada en 1928 por el rey Alfonso XIII, dejó de utilizarse en 1970 para el tráfico transfronterizo de ferrocarriles. 
La estación es el símbolo del pueblo y sirvió para la huida desde Francia de cientos de judíos perseguidos por los nazis o para el paso del oro con el que Hitler pagó a Franco por el wolframio gallego que necesitaban los alemanes para blindar sus tanques. También fue un nido de espías: los oficiales de las SS celebraron fiestas en Canfranc con españolas que hicieron de correos para los aliados. No hay que perder la ocasión de viajar en el único tren que sigue funcionando, el «Canfranero», que hace la ruta desde Zaragoza, aunque el trayecto desde Jaca basta para admirar el increíble paisaje con escarpados desfiladeros y puentes asomándose al vacío.




http://www.larazon.es/noticia/8998-historia-leyenda-y-naturaleza-por-jesus-maria-pascual