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Mostrando entradas con la etiqueta Dibujo. Mostrar todas las entradas
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domingo, 6 de septiembre de 2020

Negra noche


 Con briosa media vuelta enfila decidida la salida. ¿Decidida? Con el primer traspié se evidencia que va más pedo de lo que creía y que su caminar no será el esperado para una digna salida de escena. ¿Y que? Será suficiente con no acabar en el suelo, ni atropellar al camarero con todo el estropicio de los vasos rotos; el pobre Mauro es muy bizco y sería muy ridículo el encuentro entre dos que no van por donde miran. Pero alcanza la calle sin incidentes y sin escuchar pasos a su espalda. Se vuelve un instante para estar segura. Nadie. “ ¡Buf! Menos mal”. No estaba segura de si el mancebo repudiado se rendiría con tanta facilidad. Ahora lo de menos es haber huido en el momento que huye una calienta pollas, lo grave es la frustración que ha dejado atrás. Aprieta el paso, cambia de acera y enfila por la primera bocacalle que encuentra. Mejor que no sea un camino recto a casa. Siente los latidos desbocados de su corazón como golpes de tambor y la incomodidad de las bragas enrolladas debajo del culo, el sujetador suelto y las tetas campaneando como las de una vaca; también un raro frescor en la entrepierna “Tía… ¿Pero cuanto te has mojado? Mierda de noche, joder” y “Un rubio majísimo, no es un rumano zafio, con una barba como la del troll Holley. Cabronas. Me las pagareis” masculla mientras se aleja un poco tambaleante, a pesar de que su taconeo aún suena ligero rompiendo el silencio. 

domingo, 3 de marzo de 2019

Rapa Iti, día 2


Rapa Iti es un topónimo que suena exótico. Tan pronto como supe de él, ya vi su nombre escrito en libros de navegantes. Lejano y luminoso. Una isla de piratas y galeones, sacada de uno de esos relatos de Stevenson, donde las playas son paseos infinitos orlados por rascacielos de palmeras y los hombres beben ron antes de abordar a cuchillo, naves repletas de tesoros.
Ahora que estoy aquí, he cambiado de opinión. Es mucho más verde de lo que pensaba, pero no tiene playas doradas ni palmeras. Los galeones, son en realidad media docena de veleros pequeños amarrados a un espigón de troncos, los piratas son unos pocos maoríes abducidos por la modernidad o multiétnicos tipos de ciudad, vestidos con Adidas y vaqueros de marca, y todo lo que no pertenece a la estricta inmensidad del océano, es un volcán viejo, vencido por la erosión y dos miniaturas de metrópoli del futuro, que se miran a los ojos por encima de una lengua de mar.

jueves, 10 de mayo de 2018

Hoy me he encontrado con Loreto, la Bolsos

Vaya sorpresa. No nos veíamos desde hace… ¿Doce años años? ¿Trece? No lo se. Tal vez desde el año que empezó la universidad.
Quien iba a pensar entonces que algún día nos daríamos besos y efusivos abrazos, en mitad de la calle, con el énfasis de los viejos amigos que se encuentran. ¿No lo fuimos? Bueno; exceptuando puntuales… No. No lo fuimos. Nunca nos caímos bien y si nos soportamos fue exclusivamente porque teníamos lazos comunes: sobre todo Petro. Ella estaba loquita por él, y él, aunque ya apuntaba para la otra acera, siempre fue agradecido con quien reconocía su sex-appeal.
Ya no luce su reputada melena, ni queda rastro de su figura espigada, y aunque también se ha vuelto pelirroja, se ha puesto gafas y viste con toda naturalidad esa ropa de burguesa que tanto detestaba, la he reconocido al primer golpe de vista. Ella a mi también; en realidad ha sido ella quien me ha visto saliendo de un estanco y ha empezado a llamarme a gritos.
Cogida a mi brazo, apoyando la cabeza en mi hombro, hemos caminado hasta el bar de Tony, que caía algo lejos para lo embarazosa que se me hacía la situación. Desde luego me ha impresionado su desparpajo y no menos el derroche de afecto ¿Tanto desengaña la vida que uno llega al extremo de negarse a sí mismo en aras de revivir un pasado más feliz? No he alcanzado una respuesta concluyente, porque ya tomábamos asiento en una de las mesas que fueron nuestras preferidas. Con una sonrisa encantada, sin dejar de estudiarme con esa curiosidad tan de la Bolsos, ha terminado de contar que no acabó filología, sino que se pasó a derecho, que trabaja en la central de tarjetas del BBVA en Chicago.

lunes, 10 de octubre de 2016

Viejas murallas


A buenas horas nos dimos cuenta que respetar lo viejo no es retrógrado; que defender nuestra fisonomía urbana tradicional, es un acto progresista.
Lo que pasa es que quizá hemos despertado tarde.

martes, 6 de septiembre de 2016

Mariela y el mal de amor XVIII


Hace una semana que volví a trabajar. Bueno; hoy por la mañana, tenía revisión médica. De allí vengo. Quizá haya sido la penúltima. Según la doctora, ya no me visita mi amigo el doctor Asthon, estoy recuperado. Asegura que mi leve cojera desaparecerá con el tiempo, igual que las molestias que siento por la noche. Ya veremos...

Entro y cierro la puerta a mi espalda. Me sobrecoge el silencio, la penumbra me envuelve y avanzo con cuidado de no tropezar. Queda vajilla sin recoger, el sofá está revuelto y sigue sin retirarse el cesto de Fellini aunque ya murió en primavera. ¿Se verá como una renuncia a la esperanza de que pueda volver? ¡Hum! Sigo hasta la ventana y corro las cortinas para dejar entrar un rayo de sol, sesgado y diagonal, que llena el salón de una claridad mortecina. El aire aire huele a las lentejas que cociné por la mañana; eso me recuerda que también queda un trozo de lasaña en la nevera y solo me toca calentar la comida antes de ir al trabajo. Bueno, y airear la casa y hacer la cama y fregar los platos. Suspiró mirando el reloj y me siento a fumar un cigarrillo mientras dejo que el silencio que me engulla.

jueves, 15 de octubre de 2015

La china del Babylon

[…] En Umagri ya habían llegado los malos tiempos y aquel fue uno de esos viajes que emprendía sabiendo que no había nada que rascar. Pero Martínez era así, más preocupado por cumplir con las citas establecidas desde tiempos del abuelo Benancio, que en poner al día un negocio que cada vez ofrecía menos de lo que demandaban los nuevos clientes.

No entré en Zaragoza, no hice más que un par de visitas en Binefar y otras dos en Lérida capital, donde además tomé un par de cañas antes de ir a cenar, como siempre, a La Fusta. Al terminar, Fuster estaba liado en la cocina y no salió a echar una parrafada con migo, así que sin perder tiempo me puse en camino con la idea de hacer noche en Barcelona y bajar al Delta por la mañana. En todo caso, allí caería algo, si había de caer.

Pasé de largo por el Anastasia y si no hice lo propio con el Babylon, fue porque me venció la tentación, al observar que el parking estaba despejado de camiones. La tentación, o para ser objetivo, fue la curiosidad: Rafaelito Minguela, el comercial de FiatAgri, me había hablado de decadencia absoluta, incluso dado detalles que me costaba creer del franchute y más aun de la bruja de Marta.

sábado, 2 de mayo de 2015

Mariela y el mal de amor XVII

Isabelle, ese bombón que sirve la terraza en Le Moretti, sonríe nada más verme y me hace una seña para que sepa que de inmediato me saca la cerveza. Por fin amaneció con sol y llego sudando. Me siento, con necesidad de reponerme del esfuerzo, pero antes de acomodar las muletas y de orientarme de cara a la Legion d´Honeur, adelanto la pierna para cumplir con el ritual de mortificarme. Desde luego, tarda seis minutos menos que hace tres semanas en traerme desde la sala de rehabilitación, pero verla embutida en esta faja, enjaulada entre varillas de acero y asistida por este muelle inoxidable, que a veces chirría, me abruma igual que el día que la Lissard, pletórica y desdeñosa, me acompañó personalmente hasta ese lugar donde el Hospital Central de Saint Denis pasa a llamarse puta calle.


Así y todo, hoy me siento feliz. Estreno público y es devoto, creo. También exiguo y poco exigente, pero eso ahora me importa menos que la ilusión que percibo en sus ojos cada vez que le leo una entrega de mi obra. Disfruto tanto con el efecto que produce que hasta he dejado de protestar cada vez que el masaje terapéutico deriva en descarado mete mano, y me cuido de no romper la magia si con su voz de petimetre emplumado, Max pide detalles o suplica por un adelanto del episodio de mañana. Diría Matthieu, que lo que me ocurre es que con el culo al aire, sobre la camilla y acariciado por un tío, me aflora ese tanto por ciento variable de maricón que todos llevamos dentro, pero sé de sobra que Matthieu es un toca huevos, que ni se imagina lo que supone el reconocimiento para un autor.

jueves, 31 de enero de 2013

Sombras de ángeles

La tremenda diatriba que don Matías dispensaba aquella hermosa tarde de marzo, caía como una losa plomiza sobre un atorrante silencio de siesta. Ramón Moreno ya había sido expulsado y Ramón Ferrán, que no había logrado acompañarle, ocupaba su localidad en la solitaria silla del estrado; a la izquierda de mosén. Lola Castán y Marta Terry intercambiaban misteriosos mensajes escritos que corrían a lo largo de la fila con la diligencia del “Pony Expréss”. Domingo Duarte aprovechaba la megalítica cobertura que prestaba el corpachón de Cristina López para dormir recostado contra el respaldo; manos enlazadas sobre la tripa y boca abierta hacia las alturas. Gustavo Moral ya se había retirado al recogimiento místico de su pupitre-estudio con vistas a los jardines de la fantasía. Gema García y Cristina Soriano cotorreaban con fino estilo de cola de supermercado y Lolo Vesteiro ponía a prueba la finita paciencia de Carolina Pérez con su manía de enrollarse en el dedo los largos mechones de la afamada melena L’Oreal. 



jueves, 15 de noviembre de 2012

El Sol por última vez


Nunca pude soportar los días de tedio que cada agosto y alguna fatídica navidad me deparó, sin remedio, la casa familiar de mi amada Lola: un caserón de dos alturas cerca de Tebrés; adusto, pardo y según decían noble y bicentenario, que se alzaba como un termitero en pleno mar de rastrojos. A un lado el viejo torreón medieval que albergaba la capilla para la familia y la peonada, al otro las antiguas cuadras y pajares que ahora hacían las veces de parking, y en el centro, como no podía ser de otra forma, la casa de la gran balconada, con tal vocación de ayuntamiento, que daba luz, nada menos, que al formidable despacho de Gerardo Gallardo, actual e infatigable cabeza del imperio. Aún no he olvidado el olor a manzanas y a humedad de la planta baja, los baños de mármol azul, las escaleras de granito, la penumbra rigurosa de todas las estancias y aquel silencio casi monacal, que apenas rompían los pasos quedos de la fidelísima señora Martina y el bisbiseo de rosario que mi cuñada María Pilar y el tío mosén Ángel elevaban cada tarde desde la sala.  

Damián
Al principio entendí, como no iba a hacerlo, el deseo de las hermanas por reunirse una vez al año con su anciano padre, en su propia casa, en el nido, allí donde, por lo visto, habitaban todos los recuerdos que merecían conservarse, y cada vez me vi en la misma tesitura de transigir, como uno más de esos sacrificios inexcusables que exige la vida en pareja. Los primeros años encaré el castigo con el ánimo renovado, sin elevar una protesta ni hacer caso de los comentarios y constantes desprecios de mi suegro, pero después, con la desgana que da el tiempo, y comprobado lo inútil de mi esfuerzo, siempre a fondo perdido, empecé a afrontar mis estancias en la casa como una carga más y más pesada. Desde luego, no voy a negar que me sobró cobardía y a pesar de que padecía aquellos episodios como una verdadera carcoma en mi autoestima, seguí acudiendo año a año a nuestra cita. En parte forzado por los berrinches de Lola, pero en mayor medida, lo reconozco, por la amenaza velada que pendía sobre mi línea de crédito. No obstante, y dado que la perspectiva de gozar de una segunda quincena para olvidar la primera, nunca me compensó, es bien cierto que jamás recibí una caricia, salvo de las olas, que desequilibrara la balanza entre mi esfuerzo y mi interés.

jueves, 1 de noviembre de 2012

Mariela y el mal de amor XIV



No reconozco esta soledad de hoy; más amarga y contradictoria que nunca. Desde hace horas miro el horizonte difuso de tejados y humo, repitiendo palabras, repitiendo el lloroso alegato de Julia, jurando y perjurando que sólo dije lo que era necesario decir. Ni una palabra de más. -Acaso- concedo -de haberlo pensado mejor habría suavizado las formas- pero al momento reconsidero mi indignación de toda la tarde y sentencio que me tiene muy harto. -No tiene derecho a meter las narices en mis cosas. Menos aún a mostrar mis papeles a todo cristo, mucho menos al propio Mattarasa, y sin tan siquiera preguntar; como si fuera un incapaz. No. Me importa una mierda si lo hizo o no con la mejor intención, o si yo nunca hubiera llegado a dar ese paso. Me correspondía a mí- atajo decidido a dejar zanjado el asunto, y, sin embargo, observo desalentado como tras mi última palabra, sigue cayendo la noche sobre un inquietante mar de culpas. 

miércoles, 18 de abril de 2012

Silencio

Ramón Ventura Non, 1985
Ella simplemente dijo:
-Estoy embarazada.
Durante cinco, quizá seis segundos, el tiempo se congeló.
-¿Estás embarazada? Embarazada… 
¿Y que vas a hacer?- La pregunta sonó como un grito en una cripta
-No se...- no acertó a decir nada más, pero la frase ocupó todo el espacio entre ellos, como un muro infranqueable. Tan vacía que él no estuvo muy seguro de haberla oído antes; en todo caso hacía tiempo, en un tiempo lejano, casi olvidado. Un tiempo en que aquella frase hubiera significado algo muy diferente.
La sonrisa que había empezado a amanecer en la cara de ella, cedió. Al cabo de cinco, quizá seis segundos, descubrió una soledad que no estuvo muy segura de haber imaginado antes; en todo caso hacía tiempo, en un tiempo muy lejano, casi olvidado. Un tiempo en el que aquella aquella frase hubiera significado algo muy diferente.



miércoles, 11 de enero de 2012

Recuerdos de la Casa Oriente / Días de frío



Pero su presencia era ya una tortura. Todo en ella me asqueaba. Las bolsas de sus ojos, su incesante repetirme que me quería, que no podía vivir sin mí, su columna vertebral, cada vez más descarnada, las clavículas prominentes que se empeñaban en abultar más que los senos, su cuerpo de mujer madura, su olor agrio a hembra mal lavada. Era peor que sentirse perseguido. A veces me sentía incapaz… cerraba los ojos y pensaba. "


"La gangrena" (fragmento)


lunes, 19 de diciembre de 2011

Descubrimiento


Hoy he vuelto a descubrir que hay escuelas que educan para mandar y escuelas que educan para obedecer. Las primeras saben para qué educan. Las segundas creen que educan para ser libres.

Gregorio Luri

Imagen: Carlos

domingo, 9 de octubre de 2011

Recuerdos de la Casa Oriente / Don Simón

Ángela Rodriguez
"Hombre bajo la lluvia", 2007
Grafito y pastel sobre papel

Vivía en un viejo chalé del aire modernista, con dos perrazos asesinos, una sirvienta filipina y su nonagenaria señora madre. Pero pasaba la mayor parte del  día en su despacho de abogado, donde presumía, sin ninguna clase de recato, de ser más maleable que el mismo plomo. Afirmación que generó en el pueblo no pocas opiniones contrarias a su profesionalidad, capacidad y decencia. No obstante, y quizás por una mera cuestión de casta y apellido, lo cierto es que nunca le faltaron clientes.
La noche.... La noche era un asunto bien distinto: cenaba en casa y después salía a tomar un par de copas. Es verdad que frecuentaba el Casino, como todos los señores de posición, pero sobre todo frecuentaba los clubes nocturnos. En especial aquellos tres o cuatro más cutres y sórdidos de todas la provincia, donde había conseguido aunar en una sola corriente de opinión, todas las sentencias que sobre él circulaban. Las fulanas, por unanimidad aplastante, aseguraban que nadie, entre todos los puteros conocidos, la tenía más pequeña y tontorrona que Pichina

sábado, 7 de mayo de 2011

A un paso de ti

Ramón Ventura Non

Por mayo el calor comenzaba ya a ser sofocante y con esa excusa, trasladé mis bártulos, y hasta el dormitorio entero, de la primera planta al jardín. Tenía un motivo creíble para estar a la vista de ella y poderla percibir con todos los sentidos.  Reconozco que el primer plano que me dispensé era magnífico, pero ante él, mis textos sólo se adormecieron aburridos entre mis dedos y por más que, una y otra vez, intentara leer un párrafo, un bochorno febril siempre lo arrojaba fuera de mi mente. Ella pulsaba, trajinaba y latía desde mil lugares a la vez, agasajándome con unas vistas que me ponían cada vez más nervioso. El bamboleo de sus pechos de neón me excitaba y sus caderas rumorosas parecían a pocos pasos de mí, pero al alargar los brazos nunca alcanzaba a tocarle el culo. Iracundo, me erguía sobre el escritorio de madera, gritaba y luego agarraba con fuerza los folios en un intento por serenarme, pero solo conseguía diluir la tinta con mi propio sudor. Emborronar, hasta hacer ilegible, la larga historia de nuestro idilio. 

viernes, 15 de abril de 2011

Mariela y el mal de amor IX


Zaipi, 1997


Miro el reloj y me acomodo delante del teclado mientras doy vueltas a la triste evidencia de mi propia desidia: -Matthieu no es ningún mentiroso- me recuerdo -y ahora resulta que no repuse mis botas rotas de lluvia ni me he hecho con impermeable decente, ni con un paraguas que sustituya al que perdí hace semanas- Estoy tentado de acercarme a la ventana, para corroborar el alcance real del Apocalipsis, pero me detengo por temor a perder el hilo entre los vaivenes de mi memoria. En lugar de eso, invento una eventual tendencia de mi amigo a la exageración y sin perder más tiempo, empiezo a teclear: “Un éxito de público. La noticia de la candidatura primero y, al poco, el reconocimiento formal de Mariela como zorra, fue, digo yo, la mejor operación de marketing que vivió el bar Las Cumbres en toda su historia. 
En pocos días magnificó su cartera de clientes, y si bien es verdad que esta no tardó en ajustarse a niveles asumibles por el servicio, es obvio que la recién estrenada condición de la dueña, ayudó como un ensalmo, a revalorizar un negocio a todas luces en declive. Como es natural, tamaña estrella no fue acogida sin trauma en la casa; a punto estuvo de materializarse el sacrificio de la salud y la autoestima de Chema y Mariela, sin ir más lejos, se tornó de pronto en mujer circunspecta y taciturna en su deambular. Pero no fue si no un momento de transición. Al final, sólo volvió a quedar en evidencia la fuerza insondable de la rutina sobre la conciencia y los muy mejorados ingresos, impusieron su lógica desde la caja.” 

sábado, 26 de marzo de 2011

Mariela y el mal de amor VIII

Zaipi, 2000
Escribo una fecha; “mayo de 1998”, aceptando que también pude haber pensado en junio o julio de otro año. Debajo hago una lista con los detalles que he ido recordando, y a pesar de ordenarlos con esmero, hago cambios y recoloco cada una de las muchas veces que la leo a continuación. Sigo: “Todo ocurría deprisa. Muy deprisa. Lo que hoy era un rumor, mañana era el pan nuestro de cada día y a la siguiente semana, mucho antes que todo el mundo estuviera al corriente, ya había pasado a ser historia. Así que una tarde, sin que yo hubiera advertido movimiento alguno, alguien mas avispado, ya avisó que los de afuera, hablaba de los clientes del bar, andaban mancillando el buen nombre de la dueña de la casa y recelaban de forma capciosa sobre lo que presuntamente se cocía en el misterioso salón.

sábado, 5 de marzo de 2011

Mariela y el mal de amor VII

Zaipi, 1998
Me sobresalto con el estrépito que arma el camión de los bomberos al arrancar; lo noto como un calambre en la planta de los pies y un frenético trepidar en la ventana. Oigo gritos, sobre todo oigo multitud de golpes y como se enrollan las mangueras y se cierran las puertas. Se detiene el rotativo y vuelvo la vista; la calle ha desaparecido en medio de la noche. Bien mirado, el operativo de desagüe añadía un punto festivo a las tristes vistas de casa. Los escucho alejarse despacio mientras reparo en mi propia imagen estampada en los cristales. Me miro como miraría a un escritor importante; a la luz del flexo, con camisa gris y discreta panza de animal sedentario.

viernes, 25 de febrero de 2011

Miranda, dominicana, 17 años... creo

Zaipi, 1998
Grafito y carbón sobre cartón entelado
Fue tal vez el momento más ridículo de mi vida. No por el fracaso, que ya era de esperar, si no por la asunción de una estrategia a la que debí negarme desde el principio. Supongo que imaginé, como un idiota, que tenía alguna posibilidad y me perdió la lascivia. Aun la recuerdo en la cafetería, el día que me devolvió los pendientes, diciéndome aquello de que había sido muy bueno con ella y que se acordaría siempre de mí. No fui capaz de contestar. Fue todo muy lamentable.
No hace mucho la volví a ver por la calle junto a un jovencito muy apuesto. Empujaban los dos un coche de bebé. No me reconoció.

Cuando le di los pendientes a Marta, no se lo podía creer. Hacia años que no le hacía un regalo de esa categoría y eran tan bonitos...

jueves, 10 de febrero de 2011

Mariela y el mal de amor VI

Alargo, sin pensar, la mano hacía la lata de cerveza que hace un rato saqué de la nevera y, a su lado, descubro una esquina del paquete de Camel . Me detengo en seco. Creo, ahora estoy seguro, que no voy a resistir mucho tiempo. Puede que, por no resistir, no resista ni los próximos tres segundos, y sin embargo no me muevo hacia el tabaco. Atrapo la lata y la aplasto entre los dedos. Por cierto, todavía está fresca. -¡Joder! No llevo ni media hora sin fumar y ya tengo mono. Mañana estaré insoportable y si mi fuerza de voluntad fuera lo suficientemente fuerte, pasado mañana sería adicto a los bocatas y a los caramelos de eucalipto. Engordaría y la mala leche acabaría con mi vida social.- Sigo cerrando el puño y el líquido desborda burbujeando sobre mi mano y mi antebrazo, mientras sopeso la otra opción; la del temido cáncer de pulmón. No hago nada por evitar que también gotee sobre los papeles que me pasó Julia.
Ramón Ventura, 1985

Ahora caigo en que ni los he mirado. Los tomo y ojeo la primera página mientras doy un buen trago que también sirve para empaparme el pecho de la camisa. Se trata de otra de sus entrevistas callejeras. Probablemente a un joven senegalés, ilustrador de camisetas o dibujante de tiras satíricas, que además es toxicómano y vive en la calle… La leeré luego, pero de todas maneras le diré que está muy bien, que la encuentro muy apropiada para ser publicada en su revista cultural online. Julia agradece mucho estos detalles de confianza y me da pie para pedirle luego que revise mis escritos. Ella es una crítica estricta y concienzuda; justo lo que necesita un tipo sin estilo literario y dejado, como yo. También creo que nunca le pediré que lea esto que estoy escribiendo hoy. No. Ni aun en el caso que algún día llegue a ser algo más que un esbozo. No, pero no por pudor, si no por que no quiero ser psicoanalizado por ella. Se que lo haría; a ratos libres, pero que lo haría de forma meticulosa y eficiente. Se que no estaría conforme con el enfoque, al que tildaría de machista, y que diferiría radicalmente de mis planteamientos, de mis puntos de vista y de mi proceder en el pasado. Pero sobre todo se que por no herirme, guardaría un prudente silencio al respecto de algunas facetas importantes de mi personalidad. Bueno; tal vez un prudente silencio provisional. Un silencio roto cualquier noche en que las copas le soltaran la lengua lo suficiente para dejar que se impusiera su sana objetividad. Ya la veo buscarme, ya la veo encontrarme y ponerme al día de sus conclusiones. Sin duda; lo que peor soporto de ella son los desasosiegos, verdaderos tormentos del alma, que puede provocar durante mis resacas.