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viernes, 11 de mayo de 2012

Entre Orosia y Cibeles


De Santa Orosia diremos que su fiesta el 25 de Junio es una traslación y cambio de las "Attideia" frigias que se celebraban al final de año, entre el 15 y 27 de marzo en honor a Cibeles (magna mater) y su hijo-consorte Attis que empezaron a cristianizarse a partir del siglo V d.C., después de un largo período de decadencia en el siglo anterior. Como otras fechas del santoral cristiano que tambien fueron trasladadas para alejarlas de la memoria del paganismo. Fué una labor que se empezó a gestar en época de la España visigoda, concilio tras concilio, con un férreo sentimiento religioso propio de conversos arrianos, en un tiempo de fuerte crisis espiritual, material y económica, carente de medios desde la caída del imperio romano. Hasta que en el concilio XVII de Toledo del año 694, convocado por el rey visigodo Égica y presidido por el obispo Sisberto, se prohibió el culto a Mitra y Cibeles. El bautismo cibelino y mitráico entraban en conflicto con el cristiano.

sábado, 28 de abril de 2012

Orosia


Orosia Sarasa
Acuarela sobre papel

La versión más tradicional y extendida de la leyenda de Orosia, nos cuenta que nació en la Bohemia de Laspicio en el año 855. Sus padres fueron los duques de Boriborio y Ludmila. A los quince años de edad fue casada mediante poderes con el místico rey aragonés Fortún Garcés. Cuando la joven Orosia fue enviada a Aragón le acompañaron su tío Acisclo, obispo de Lusacia, y su hermano el príncipe Cornelio. Al cruzar la cordillera pirenaica, los árabes avisaron a Aben Lupo de Tena, lugarteniente de Muza Abensazín, el cual organizó una partida para capturar la comitiva.

viernes, 26 de agosto de 2011

La bandera de la plaza y una maldición pendiente


Cuentan que hace muchos años llegó al pueblo  un caminante en mitad de una terrible tempestad. Era un hombre solo, alto, torvo, penosamente apoyado en una larga vara rematada en imágenes, dicen que paganas, y embozado bajo un sombrero de ala ancha, que con  voz honda y marcado acento extranjero, pidió  asilo para pasar la noche. Tantos como lo encontraron, dieron al instante media vuelta y huyeron de él como del maligno. Tal vez le tomaron por un infiel, tal vez por uno de esos malvados espíritus que como es bien sabido moran los ibones de puerto y se llevan a los hombres, o tal vez sólo temieron que se tratara de un peligroso hechicero. El caso es que olvidando la tradición de dar cobijo al peregrino, le cerraron tantas puertas como tentó, y cayendo ya la noche, se vio forzado a dejar el poblado alejándose hacia el sur por el curso del rio. Se marchó, quizá con la esperanza de encontrar alguna caridad más adelante, quizá con la leve esperanza de hallar algo de albergue en lo más profundo del bosque, y al cruzar sobre el puente de Los Peregrinos se detuvo en lo más alto y miró sobre sus pasos. Desde allí aun podía ver  la aldea que dejaba atrás envuelta en la ventisca y desde allí lanzó una maldición contra sus moradores y sus hijos: arderéis dos veces, gritó, y al fin desapareceréis  para siempre bajo las aguas de este riachuelo.