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Mostrando entradas con la etiqueta Cuento. Mostrar todas las entradas
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domingo, 1 de junio de 2025

Empoderada


 

Ya se tenía que marchar, pero no por eso hizo mención de sumergirse. Seguía sonriendo gozosa, sabedora de que se reunía por última vez con aquella multitud enfervorizada, y dijo con su nueva voz, mucho más aterciopelada que la que le conocíamos: “Los éxitos engendran más éxitos. Está claro que en mi currículum faltaba algo verdaderamente único. Faltaba esto. Espero que, en adelante todas estas experiencias, me ayuden a conseguir ser el gran referente de todas vosotras”. Y por aplacar la explosión de histeria que provocaron sus palabras, durante un largo minuto pidió calma con las manos. Al final, puntualizó en un inglés entrecortado y lamentable, aunque de sobra efectista: “We must understand that our superior condition generates this kind of expectations."

(Hay que entender que nuestra superior condición genera esta clase de expectativas)

domingo, 23 de febrero de 2025

El Gran Premio



Hace un rato, para los postres, tenía calor y lo he dicho. Se me ha escapado, pero no pretendía provocar a la eco-militante. Ni siquiera al añadir que no es normal tanto calor en esta época del año. Precisamente estaba predispuesto a disfrutar en paz nuestra única sobremesa juntos en toda la semana. Ha dado igual. Julia me ha mirado, se ha semi incorporado en el sofá y ya, se ha puesto hecha un basilisco contra mi negacionismo climático y mi conducta eco-terrorista. Así es como, desde su atalaya moral, ha calificado mi poco rigor en el reciclaje y mis muchas otras eco-herejías. Eso me da igual por una infinidad de razones... Lo malo es que es muy pesada y sus sermones oficialistas ya se me hacen demasiado largos. Pero casi no me he enfadado y casi no he discutido. Solo me he ido. No del todo y para siempre. De momento y hasta que tome esa decisión, a buscar un bar con tele, en el que tuvieran puesta la Fórmula Uno, con su orgía de combustible fósil y sus miles de litros de CO2, criminalmente vertidos a la atmósfera. Pues mientras Julia me refrescaba eco-conceptos, he recordado que hoy domingo se celebra el Gran Premio de Australia. Hamilton sale desde la pole, Sainz noveno y Alonso undécimo.




 

lunes, 18 de enero de 2021

Cuento de invierno

 


Aquel año hubo navidad blanca y hacia la mitad de enero, por cuarta o quinta vez la nieve lo había cubierto todo. Hubo caos tras caos en las carreteras y en las grandes ciudades, cuya memoria colectiva prefirió ignorar que el frío y el hielo también formaban parte de su edulcorada realidad y que ningún privilegio capitalino podía eximirles de ese padecimiento. Por un primitivo sentido de la imitación y más que nada por la machacona contaminación mediática, el ambiente victimista se extendió a todos los lugares, incluso a aquellos donde los rigores del invierno eran un acontecimiento ineludible que no alteraba de forma sustancial el devenir cotidiano. El sol se dejó ver con cuentagotas durante semanas y las brigadas municipales, excepto las de aquellos lugares donde consideraron que aquel era un trabajo extra, no retribuido y muy penoso respecto a los días felices en los que servía dejar correr las horas, se afanaron una y otra vez en despejar las calles. 

domingo, 6 de septiembre de 2020

Negra noche


 Con briosa media vuelta enfila decidida la salida. ¿Decidida? Con el primer traspié se evidencia que va más pedo de lo que creía y que su caminar no será el esperado para una digna salida de escena. ¿Y que? Será suficiente con no acabar en el suelo, ni atropellar al camarero con todo el estropicio de los vasos rotos; el pobre Mauro es muy bizco y sería muy ridículo el encuentro entre dos que no van por donde miran. Pero alcanza la calle sin incidentes y sin escuchar pasos a su espalda. Se vuelve un instante para estar segura. Nadie. “ ¡Buf! Menos mal”. No estaba segura de si el mancebo repudiado se rendiría con tanta facilidad. Ahora lo de menos es haber huido en el momento que huye una calienta pollas, lo grave es la frustración que ha dejado atrás. Aprieta el paso, cambia de acera y enfila por la primera bocacalle que encuentra. Mejor que no sea un camino recto a casa. Siente los latidos desbocados de su corazón como golpes de tambor y la incomodidad de las bragas enrolladas debajo del culo, el sujetador suelto y las tetas campaneando como las de una vaca; también un raro frescor en la entrepierna “Tía… ¿Pero cuanto te has mojado? Mierda de noche, joder” y “Un rubio majísimo, no es un rumano zafio, con una barba como la del troll Holley. Cabronas. Me las pagareis” masculla mientras se aleja un poco tambaleante, a pesar de que su taconeo aún suena ligero rompiendo el silencio. 

viernes, 10 de julio de 2020

mi infinita candidez


Solvej Sohuan es para el mundo Sohuan Couard; couard de cobarde en un francés fino. Fue el alias que, en los noventa, normalizó la CNN para señalar a quien en aquel momento más quitaba el sueño en la Casa Blanca y en el Pentágono ¿Pero por qué la CNN insultaría en francés a una jovencita noruega, casi desconocida? Me quedo pensando. ¿Quizá porque provocó una fisura en la OTAN al imponer al gobierno francés la firma del Protocolo de Desmilitarización de las Zonas Polares? No tengo ni idea. Como fuera, hay que reconocerle a la CNN una enorme capacidad para influir en la cultura colectiva, pero que no es eficaz a la hora de frenar peligrosos impulsos personales; hoy casi nadie se refiere a ella por su verdadero nombre, aunque la facilidad para quitar el sueño que tiene esta mujer, a la que sigue sin conocer casi nadie, solo ha crecido y crecido desde entonces. 

Yo sí la conozco. La conocí ayer, aquí en Rapa, en su casa, y ya no tiene cara de niña. 

Tenía unos trece años y estaba terminando de comer cuando vi una noticia: inesperada reunión bilateral, anunció Piqueras nada más abrir el Telediario de las tres y aparecieron sin más los jardines de Camp David donde posaban George Bush padre, circunspecto, el secretario de estado Eagleburger, circunspecto, Marco Boscolo, el último delfín de Eugene Happend, que moriría tres meses después, decrépito, y Solvej Sohuan, aún era su nombre oficial, exultante y haciendo la uve de la victoria. Me puso la piel de gallina, aunque no me enteré muy bien de cuál era su triunfo. Ni me interesaba. Ella era un triunfo en sí misma y lo siguió siendo. Al menos hasta que la sociedad pudo moldear a su gusto mi ideal de los líderes y los mitos. Por eso ha sido tan emocionante reencontrarla, porque era un encuentro conmigo hace años. Delante de ella, casi he llorado mientras dudaba, todavía lo hago, si no era todo un sueño. Pero luego, la verdad es que ha resultado un encuentro triste. La Couard que me miraba a los ojos era una cincuentona con un corte de pelo entre militar y postmoderno, salpicado de canas. No usaba sujetador, ni cosméticos, ni otro aderezo que veinte o treinta pulseritas de colores en el antebrazo izquierdo y tenía la piel abrasada por este sol salvaje que brilla aquí. Conservaba intactos los grandes ojos de entonces, aunque la frescura fascinante de su mirada había mutado a fría, reflexiva e intimidante. Igual que su sonrisa... Era flaca y plana como yo, pero ahora, aunque sigue siendo flaca, más que yo, tiene bíceps y pectorales de tío y unos pezones que te apuntan a la cara como revólveres cuando admite sin empacho, que la vida la ha vuelto descreída y que como tal, opta por cohabitar en paz con un mundo que no merece mejoras… Nada que ver, nada, con mi frágil heroína de uno sesenta de alto, que en pantalón vaquero, ponía de rodillas al gran poder de traje a medida y corbata de seda.Y yo, que en mi infinita candidez, creía que de su mano vendría un mundo mejor.

sábado, 18 de enero de 2020

Calles conocidas


Supongo, ahora supongo, que me niego a considerarlo, y que el hecho de no reconocer un fin sexual me libra de toda culpa; lo cual no deja de tener mérito. 
Sea como sea, me complazco en seguirla, me excita la posibilidad de conocerla y hoy, cuando regresaba a casa, después de andar tras de Ella, por calles conocidas, iba pensando cual habría sido el detonante que ha despertado mi atención para fijarme en Ella, exclusivamente.
Esta mañana, Ella no era esa especie de enfermera de un inválido. La imagen asociada de la la silla de ruedas se volatilizó y la mujer de mediana edad, hermosa y atractiva, elegante y sencilla, era independiente y parecía libre, tanto como para imaginar que puedo soñarla. Incoherentemente seguiré buscando respuestas: su situación emocional, el origen de ese matrimonio, la justificación. Y los niños, quienes eran los niños que llevaba el otro día de la mano, ¿hijos? No, no lo creo. Parece deberse solo  a que de vez en cuando El la deja sentirse libre, paseando por las calles.

domingo, 3 de marzo de 2019

Rapa Iti, día 2


Rapa Iti es un topónimo que suena exótico. Tan pronto como supe de él, ya vi su nombre escrito en libros de navegantes. Lejano y luminoso. Una isla de piratas y galeones, sacada de uno de esos relatos de Stevenson, donde las playas son paseos infinitos orlados por rascacielos de palmeras y los hombres beben ron antes de abordar a cuchillo, naves repletas de tesoros.
Ahora que estoy aquí, he cambiado de opinión. Es mucho más verde de lo que pensaba, pero no tiene playas doradas ni palmeras. Los galeones, son en realidad media docena de veleros pequeños amarrados a un espigón de troncos, los piratas son unos pocos maoríes abducidos por la modernidad o multiétnicos tipos de ciudad, vestidos con Adidas y vaqueros de marca, y todo lo que no pertenece a la estricta inmensidad del océano, es un volcán viejo, vencido por la erosión y dos miniaturas de metrópoli del futuro, que se miran a los ojos por encima de una lengua de mar.

jueves, 10 de mayo de 2018

Hoy me he encontrado con Loreto, la Bolsos

Vaya sorpresa. No nos veíamos desde hace… ¿Doce años años? ¿Trece? No lo se. Tal vez desde el año que empezó la universidad.
Quien iba a pensar entonces que algún día nos daríamos besos y efusivos abrazos, en mitad de la calle, con el énfasis de los viejos amigos que se encuentran. ¿No lo fuimos? Bueno; exceptuando puntuales… No. No lo fuimos. Nunca nos caímos bien y si nos soportamos fue exclusivamente porque teníamos lazos comunes: sobre todo Petro. Ella estaba loquita por él, y él, aunque ya apuntaba para la otra acera, siempre fue agradecido con quien reconocía su sex-appeal.
Ya no luce su reputada melena, ni queda rastro de su figura espigada, y aunque también se ha vuelto pelirroja, se ha puesto gafas y viste con toda naturalidad esa ropa de burguesa que tanto detestaba, la he reconocido al primer golpe de vista. Ella a mi también; en realidad ha sido ella quien me ha visto saliendo de un estanco y ha empezado a llamarme a gritos.
Cogida a mi brazo, apoyando la cabeza en mi hombro, hemos caminado hasta el bar de Tony, que caía algo lejos para lo embarazosa que se me hacía la situación. Desde luego me ha impresionado su desparpajo y no menos el derroche de afecto ¿Tanto desengaña la vida que uno llega al extremo de negarse a sí mismo en aras de revivir un pasado más feliz? No he alcanzado una respuesta concluyente, porque ya tomábamos asiento en una de las mesas que fueron nuestras preferidas. Con una sonrisa encantada, sin dejar de estudiarme con esa curiosidad tan de la Bolsos, ha terminado de contar que no acabó filología, sino que se pasó a derecho, que trabaja en la central de tarjetas del BBVA en Chicago.

martes, 6 de septiembre de 2016

Mariela y el mal de amor XVIII


Hace una semana que volví a trabajar. Bueno; hoy por la mañana, tenía revisión médica. De allí vengo. Quizá haya sido la penúltima. Según la doctora, ya no me visita mi amigo el doctor Asthon, estoy recuperado. Asegura que mi leve cojera desaparecerá con el tiempo, igual que las molestias que siento por la noche. Ya veremos...

Entro y cierro la puerta a mi espalda. Me sobrecoge el silencio, la penumbra me envuelve y avanzo con cuidado de no tropezar. Queda vajilla sin recoger, el sofá está revuelto y sigue sin retirarse el cesto de Fellini aunque ya murió en primavera. ¿Se verá como una renuncia a la esperanza de que pueda volver? ¡Hum! Sigo hasta la ventana y corro las cortinas para dejar entrar un rayo de sol, sesgado y diagonal, que llena el salón de una claridad mortecina. El aire aire huele a las lentejas que cociné por la mañana; eso me recuerda que también queda un trozo de lasaña en la nevera y solo me toca calentar la comida antes de ir al trabajo. Bueno, y airear la casa y hacer la cama y fregar los platos. Suspiró mirando el reloj y me siento a fumar un cigarrillo mientras dejo que el silencio que me engulla.

martes, 31 de mayo de 2016

Lógica recalentada


Tendidos sobre las sábanas, miran absortos al blanco inmaculado del techo.  La poca luz de una tarde que se muere, se filtra por los visillos y baña sus cuerpos desnudos con un azul mortecino.
Silvia, se diría que hablando para sí misma, susurra ciertos hechos ocurridos en el bar Balaitus, cuando el cocinero quiso apuñalar a su ayudante a la vista de todo el mundo. Beti y Macu, las dos chicas que atienden el mostrador, se refugiaron aterrorizadas en el rincón de la cafetera tan pronto como la trifulca salió de la cocina. Los clientes, que gracias a Dios eran pocos en aquel momento, y ella misma, no acertaron más que observar atónitos la escena. Menos mal, que la señora Clara, una sesentona que echa una mano hasta que le llegue la hora de la jubilación, tuvo más valor y más serenidad que nadie y a golpe de empujones y de levantar la voz por encima de los contrincantes, puso fin a la refriega. David, dueño del bar y novio de Silvia, aseguró nada más enterarse que tomaría medidas y que aquello no volvería a repetirse, pero al final no despidió al cocinero, por considerarlo la verdadera alma del negocio, y tampoco a su rival porque este fue más rápido asegurando que se iba para poner denuncias contra el cocinero y contra el local.
Silvia hace un receso para maniobrar y recoger sin dejar caer chispas, el porro que le pasa Jeremías. Una densa voluta de humo se ha estacionado sobre sus cabezas y gira mansa en dirección a la ventana. Desde la calle llega el murmullo sordo y racheado del tráfico y un estrépito de voces de niños que se clavan como agujas en los tímpanos.

viernes, 20 de noviembre de 2015

Sombras de ángeles / Pecadores

Abro las ventanas con el deseo de que este lapsus de sol que nos regala el temporal purifique las estancias. Nada me resulta tan familiar como esperaba; mucho menos el olor a polvo y madera vieja que me embota la nariz. Tampoco recordaba la espiga del suelo, ni el cuadro de la entrada , ni el color de las paredes; apenas el piano y algunos muebles. El comedor es un solar, la cocina parece que fue abandonada con urgencia y el pasillo se me antoja demasiado largo, interminable cuando me pongo a recorrerlo. Dudo cual era mi cuarto ¿La tercera o la cuarta puerta? Opto por una y acierto. La cama está desmontada contra un rincón, el ropero vacío y abierto de par en par. No queda más rastro de mí que un desvencijado poster del Real Madrid y el escritorio contra la pared. Me acerco con cuidado, como si temiera del sonido de mis propios pasos y también abro esa ventana para ver los detalles. Nada que ver, salvo la lámpara que el tio Abelino me trajo de Francia y que mi madre colgó del techo, a pesar de encontrarla horrorosa, por que estaba convencida de que era carisma.
-¡Mama!- repito como la misma congoja de hace un rato y no se porqué me viene ahora a la cabeza en la otra casa, cuando aun vivíamos en la calle Joaquín Costa: Una tarde, al volver del colegio, la encontré llorando en la escalera, tan desconsolada que me hizo llorar también a mí aun antes de saber que ocurría. El camión del Butano acababa de aplastar a Martín; un hermoso animal blanco y negro que sólo se dejaba acariciar por nosotros dos y que dormía en mi cama desde cachorro. Sabio, silencioso e infatigable observador de ojos inmensos y enorme cabezón. Con algunos hosco pero que en buena relación superaba en bondad a cualquiera de la familia -Nunca más tuvimos gato-
Hago un esfuerzo para no dejar aflorar las lágrima

jueves, 15 de octubre de 2015

La china del Babylon

[…] En Umagri ya habían llegado los malos tiempos y aquel fue uno de esos viajes que emprendía sabiendo que no había nada que rascar. Pero Martínez era así, más preocupado por cumplir con las citas establecidas desde tiempos del abuelo Benancio, que en poner al día un negocio que cada vez ofrecía menos de lo que demandaban los nuevos clientes.

No entré en Zaragoza, no hice más que un par de visitas en Binefar y otras dos en Lérida capital, donde además tomé un par de cañas antes de ir a cenar, como siempre, a La Fusta. Al terminar, Fuster estaba liado en la cocina y no salió a echar una parrafada con migo, así que sin perder tiempo me puse en camino con la idea de hacer noche en Barcelona y bajar al Delta por la mañana. En todo caso, allí caería algo, si había de caer.

Pasé de largo por el Anastasia y si no hice lo propio con el Babylon, fue porque me venció la tentación, al observar que el parking estaba despejado de camiones. La tentación, o para ser objetivo, fue la curiosidad: Rafaelito Minguela, el comercial de FiatAgri, me había hablado de decadencia absoluta, incluso dado detalles que me costaba creer del franchute y más aun de la bruja de Marta.

sábado, 20 de junio de 2015

Mariela y el mal de amor XVII bis

 
Dadas las nueve y media, cada mañana tenía por costumbre hacer un receso. Me acercaba a desayunar al bar de Tony para encontrarme con Lucas Aguilar, hermano menor de Marquitos, también militante en el sector duro del ocio, con las dos Martas, con Blanca, que por fin había encontrado un simulacro de plaza de ATS en el centro de salud, y a veces con Walter; un pintor cubano, apolíneo y muy simpático del que no sabía nada; ni que pintaba, ni de donde salió, pero que formaba parte de nosotros como un hermano de leche.

Hablábamos y hablábamos. Algunos abandonaban al cabo reclamados por sus obligaciones aunque otros, a veces, siguiéramos hasta la hora de las cañas anteriores al inexcusable vermut en Casa Teo. Capaz de analizar con minucia los temas más prosaicos, me referí un día a ciertas morales relajadas del mundo, tomando de modelo la de Raúl Mercader, que por entonces ya se había sobrepuesto a la “pascualada”, sin rencor, pocas señales del encuentro y apenas una minusvalía del veinte por ciento en un brazo.

sábado, 2 de mayo de 2015

Mariela y el mal de amor XVII

Isabelle, ese bombón que sirve la terraza en Le Moretti, sonríe nada más verme y me hace una seña para que sepa que de inmediato me saca la cerveza. Por fin amaneció con sol y llego sudando. Me siento, con necesidad de reponerme del esfuerzo, pero antes de acomodar las muletas y de orientarme de cara a la Legion d´Honeur, adelanto la pierna para cumplir con el ritual de mortificarme. Desde luego, tarda seis minutos menos que hace tres semanas en traerme desde la sala de rehabilitación, pero verla embutida en esta faja, enjaulada entre varillas de acero y asistida por este muelle inoxidable, que a veces chirría, me abruma igual que el día que la Lissard, pletórica y desdeñosa, me acompañó personalmente hasta ese lugar donde el Hospital Central de Saint Denis pasa a llamarse puta calle.


Así y todo, hoy me siento feliz. Estreno público y es devoto, creo. También exiguo y poco exigente, pero eso ahora me importa menos que la ilusión que percibo en sus ojos cada vez que le leo una entrega de mi obra. Disfruto tanto con el efecto que produce que hasta he dejado de protestar cada vez que el masaje terapéutico deriva en descarado mete mano, y me cuido de no romper la magia si con su voz de petimetre emplumado, Max pide detalles o suplica por un adelanto del episodio de mañana. Diría Matthieu, que lo que me ocurre es que con el culo al aire, sobre la camilla y acariciado por un tío, me aflora ese tanto por ciento variable de maricón que todos llevamos dentro, pero sé de sobra que Matthieu es un toca huevos, que ni se imagina lo que supone el reconocimiento para un autor.

viernes, 1 de noviembre de 2013

Fábula de Kubrick y la Luna



*En la escena se ve a Nixon sentado en su escritorio del Salón Oval. En la junta se encuentran Richard M. Helms (director de la CIA), Eve Kendall (secretaria particular de Nixon) y Donald Rumsfeld (miembro del gabinete).

Richard M. Helms: es cuestión de semanas, o quizás días, para que los rusos manden a un hombre a la luna. Tengo información detallada al respecto, señor presidente.

Richard Nixon: si llega a pasar eso estamos jodidos, ¿me entiendes? Tenemos que hacer algo ¡pero ya! Qué sé yo: sacar el Apollo XI y mandarlo a la luna aunque fracase la misión, pero si se nos adelantan esos cabrones estamos en la mierda, oyeron, ¡en la mierda!

viernes, 27 de septiembre de 2013

Mariela y el mal de amor XVI


Con la desmesura de sus hombros tapaba toda la puerta y aun tuvo que ladear la cabeza para superar la parte de arriba y entrar sin tocar. Claro está que nadie le esperaba allí y que sus llegadas solían imponer respetuosos silencios, pero a fe que nada en su expresión de aquella tarde hacía temer de sus intenciones. Acaso, digo yo, asistimos con algo de curiosidad por lo que el cornudo pudiera tener que decir ante tal foro. Desde luego, fuimos muy ingenuos al imaginar que Pascualón, recién espantados los lobos que le acosaban a Mariela, consentiría sin trauma ni dolor todo lo demás. Ahora sé que Mariela si sospechaba otra cosa y por eso soltó soltar un “Ay” bien agudo y aspirado, tan pronto como el gigante le echó la vista encima a Mercader, como una losa. La mujer, temiendo una tragedia inminente, retrocedió culposa hasta la pared, manos sobre boca, y Raúl, desmejorado como nunca le había visto, inició la acción de ponerse en pie, bobalicón y boquiabierto. Nunca he querido saber si aquel rictus fue por fin un rasgo humano, efecto del mal trago, o la sintomatología natural de quien se enfrenta a esa experiencia límite, tan frenética y ansiada. Sea como sea, todo lo que ocurrió después, ocurrió demasiado deprisa para mis reflejos, así que como testigo presencial no puedo decir más que primero voló la mesa, con la baraja, los ceniceros y las jarras de cerveza, que inmediatamente después lo hicieron Telete y Marquitos Aguilar, por su afición en profesar de escuderos, y que coincidiendo con el tercer aullido de terror, yo me abalancé hacia la puerta abierta y corrí. Sin respiración y empapado por un tremendo aguacero, me detuve al abrigo de una escueta marquesina de la calle de la Luna y para mi descargo, vi que me seguían todos, salvo los desventurados…

sábado, 24 de agosto de 2013

Sombras de ángeles / primer encuentro

No esperaba un cielo tan gris, ni sabía que los paraguas hubieran dejado de ser negros… ¿y esta lluvia de abril?, tampoco figuraba entre lo probable… –Otra vez estereotipos- mientras a un metro de mí, donde ya no protege el toldo de rayas, las gotas golpean con saña contra el rojo y el amarillo de esta acera con aire cosmopolita. Todo a mí alrededor, desde el verde británico del césped, hasta el optimista colorido de las nuevas abuelas españolas, me parece un imprevisto. No sé si será la sorpresa la que ejerce el raro efecto hipotensor que me insta a no moverme, a no tomar decisiones. 
Damián.
 Acuarela sobre papel "bb"

sábado, 6 de julio de 2013

Desarraigo

-Una ausencia de veinte años- pienso con pesar y hago lo posible por entender cuanto tiempo significa en realidad-No ¿Qué digo? Algunos más de veinte han pasado desde el día del entierro- aventuro, mientras desde mí improvisada atalaya, no puedo evitar un ansioso reencuentro con el paisaje: Este; el Gran Hotel y allá, al final de la calle, vivía Conchita. Al otro lado del parque, casi frente a frente con su chalé; el Seminario. Detrás; la Ciudadela y por aquí, hacia el norte, en los bajos de esa casa gris que aún no ha perdido la aguja de la torre, teníamos la tienda y el almacén. Recuerdo que en un piso de arriba estaba la emisora de radio y al lado, el bar de la señora Orosia…, Era un bar de postín; ya lo creo.

domingo, 16 de junio de 2013

Mariela y el mal de amor XV

Ayer, poco después del alba, se presentó aquí el doctor Asthon, con su cohorte de enfermeras y carros de guerra. Desalojaron sin contemplación a las brujas de la limpieza y después de examinarme minuciosamente la herida, me torturó hasta el alarido con brutales palpados, flexiones y extensiones de rodilla. Mi impresión fue que seguía doliendo tanto o más que la infausta noche que ingresé por urgencias y por supuesto infinitamente más que en los quince minutos anteriores. Así se lo hice saber, aunque no me hiciera ningún caso: “el dolor no es significativo” se limitó a gruñir al fin, fastidiado por mi pesadez “Por lo demás; ha evolucionado bien y cuando desaparezca la inflamación, la movilidad será completa” Dicho esto, me dedicó una sonrisa aséptica y una palmada en el brazo que no se si buscaba mi tranquilidad o mi comprensión por el monstruoso aspecto de la pierna. Luego se dirigió en voz baja a su equipo, escribió en un bloc y desapareció seguido, en fila india, por todos los demás. Me habían librado del drenaje y el nuevo apósito era tan ridículamente ligero, que de no ser por lo espantoso del color de la piel que lo rodeaba, yo mismo hubiera creído que me habían internado por un raspón.

jueves, 31 de enero de 2013

Sombras de ángeles

La tremenda diatriba que don Matías dispensaba aquella hermosa tarde de marzo, caía como una losa plomiza sobre un atorrante silencio de siesta. Ramón Moreno ya había sido expulsado y Ramón Ferrán, que no había logrado acompañarle, ocupaba su localidad en la solitaria silla del estrado; a la izquierda de mosén. Lola Castán y Marta Terry intercambiaban misteriosos mensajes escritos que corrían a lo largo de la fila con la diligencia del “Pony Expréss”. Domingo Duarte aprovechaba la megalítica cobertura que prestaba el corpachón de Cristina López para dormir recostado contra el respaldo; manos enlazadas sobre la tripa y boca abierta hacia las alturas. Gustavo Moral ya se había retirado al recogimiento místico de su pupitre-estudio con vistas a los jardines de la fantasía. Gema García y Cristina Soriano cotorreaban con fino estilo de cola de supermercado y Lolo Vesteiro ponía a prueba la finita paciencia de Carolina Pérez con su manía de enrollarse en el dedo los largos mechones de la afamada melena L’Oreal.