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domingo, 20 de septiembre de 2020

Entrevista completa a Valle-Inclán en el diario «Luz», publicada el 9 de agosto de 1933



Al llegar de Roma por unos días el gran Ramón María del Valle-Inclán, que ocupa en la Ciudad Eterna el cargo de director de la Academia Española de Bellas Artes, hemos querido conocer sus impresiones de Italia. No nos ha sorprendido su posición actual: siempre ha sido un entusiasta de la historia latina y sus impresiones actuales son la reacción a su recio temperamento. Empezamos preguntando a Don Ramón:

—¿Qué impresión trae de Italia?

—Magnífica. La obra de Mussolini tiende principalmente a inculcar un ideal en su pueblo, un concepto de sacrificio. En esta hora tan llena de egoísmos, en Roma no existen, y por eso el pueblo italiano es el más dispuesto a sacrificarse por un ideal histórico, que es el único que pueden tener los pueblos.

—¿Y él pueblo italiano acepta de buen grado esos sacrificios?

—Desde luego. La primera impresión que se recibe en Italia es la de un pueblo satisfecho. Esto no quiere decir que no haya descontentos, pero no se advierten. Se ve, desde luego, a un pueblo en el cual la obra máxima que se aprecia es la de renovación de la fe en su destino histórico. El italiano de hoy es el más parecido al italiano del Imperio. Su mayor ambición es volver a ser en Europa lo que fue el Imperio romano. Tienen fe en su destino.

—¿No podía ser esto solo apariencia, una consecuencia de tener al pueblo con cuarenta grados de fiebre, como dijo Mussolini?

—No. Italia vive horas de sacrificio y de exaltación, y por eso tiene el pueblo italiano gran fervor religioso en el aspecto histórico, naturalmente. Mussolini ha resucitado la tradición de las fiestas y conmemoraciones. Roma es una sede de conmemoraciones. Toda la política italiana es hoy un jubileo. Constantemente se celebran en la capital aniversarios de su historia para resucitar todo su gran pasado histórico.

—¿Tienen más importancia estas fiestas que las que celebra el Vaticano?

sábado, 14 de abril de 2018

Julián Borderas, el sastre que cosió la primera tricolor

La bandera tricolor nació como emblema republicano en el Pirineo cuatro meses antes de que el 14 de abril de 1931 fuera izada en Éibar. La cosió Julián Borderas, un personaje tan fundamental como poco conocido del republicanismo y el socialismo españoles, en la sastrería que regentaba en Jaca (Huesca), en el balcón de cuyo ayuntamiento ondeó durante el día y medio que duró el fallido levantamiento de los capitanes Fermín Galán y Ángel García.
Fue el primero de ellos, cercano al anarquismo y con el que mantenía una estrecha relación política y personal, quien le pidió que la cosiera dentro de los preparativos que, de haber salido adelante sus planes, debían haber finiquitado el reinado de Alfonso XIII a partir del 12 de diciembre de 1930.

La chapucera descoordinación del Comité Revolucionario estatal, con la guinda de Santiago Casares Quiroga, que sería presidente del Gobierno en 1936, yéndose a dormir tras llegar a Jaca horas antes de la asonada en lugar de alertar a los conjurados de que esta se aplazaba tres días, condenó al fracaso el pronunciamiento de los capitanes. Sin embargo, la brutal represión del levantamiento, aceleró, en lugar de posponerla, la caída del régimen: “La monarquía cometió el disparate de fusilar a Galán y García Hernández, disparate que influyó no poco en la caída del trono”, escribió Manuel Azaña.