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Mostrando entradas con la etiqueta Zaipi. Mostrar todas las entradas
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domingo, 3 de marzo de 2019

Rapa Iti, día 2


Rapa Iti es un topónimo que suena exótico. Tan pronto como supe de él, ya vi su nombre escrito en libros de navegantes. Lejano y luminoso. Una isla de piratas y galeones, sacada de uno de esos relatos de Stevenson, donde las playas son paseos infinitos orlados por rascacielos de palmeras y los hombres beben ron antes de abordar a cuchillo, naves repletas de tesoros.
Ahora que estoy aquí, he cambiado de opinión. Es mucho más verde de lo que pensaba, pero no tiene playas doradas ni palmeras. Los galeones, son en realidad media docena de veleros pequeños amarrados a un espigón de troncos, los piratas son unos pocos maoríes abducidos por la modernidad o multiétnicos tipos de ciudad, vestidos con Adidas y vaqueros de marca, y todo lo que no pertenece a la estricta inmensidad del océano, es un volcán viejo, vencido por la erosión y dos miniaturas de metrópoli del futuro, que se miran a los ojos por encima de una lengua de mar.

jueves, 10 de mayo de 2018

Hoy me he encontrado con Loreto, la Bolsos

Vaya sorpresa. No nos veíamos desde hace… ¿Doce años años? ¿Trece? No lo se. Tal vez desde el año que empezó la universidad.
Quien iba a pensar entonces que algún día nos daríamos besos y efusivos abrazos, en mitad de la calle, con el énfasis de los viejos amigos que se encuentran. ¿No lo fuimos? Bueno; exceptuando puntuales… No. No lo fuimos. Nunca nos caímos bien y si nos soportamos fue exclusivamente porque teníamos lazos comunes: sobre todo Petro. Ella estaba loquita por él, y él, aunque ya apuntaba para la otra acera, siempre fue agradecido con quien reconocía su sex-appeal.
Ya no luce su reputada melena, ni queda rastro de su figura espigada, y aunque también se ha vuelto pelirroja, se ha puesto gafas y viste con toda naturalidad esa ropa de burguesa que tanto detestaba, la he reconocido al primer golpe de vista. Ella a mi también; en realidad ha sido ella quien me ha visto saliendo de un estanco y ha empezado a llamarme a gritos.
Cogida a mi brazo, apoyando la cabeza en mi hombro, hemos caminado hasta el bar de Tony, que caía algo lejos para lo embarazosa que se me hacía la situación. Desde luego me ha impresionado su desparpajo y no menos el derroche de afecto ¿Tanto desengaña la vida que uno llega al extremo de negarse a sí mismo en aras de revivir un pasado más feliz? No he alcanzado una respuesta concluyente, porque ya tomábamos asiento en una de las mesas que fueron nuestras preferidas. Con una sonrisa encantada, sin dejar de estudiarme con esa curiosidad tan de la Bolsos, ha terminado de contar que no acabó filología, sino que se pasó a derecho, que trabaja en la central de tarjetas del BBVA en Chicago.

martes, 6 de septiembre de 2016

Mariela y el mal de amor XVIII


Hace una semana que volví a trabajar. Bueno; hoy por la mañana, tenía revisión médica. De allí vengo. Quizá haya sido la penúltima. Según la doctora, ya no me visita mi amigo el doctor Asthon, estoy recuperado. Asegura que mi leve cojera desaparecerá con el tiempo, igual que las molestias que siento por la noche. Ya veremos...

Entro y cierro la puerta a mi espalda. Me sobrecoge el silencio, la penumbra me envuelve y avanzo con cuidado de no tropezar. Queda vajilla sin recoger, el sofá está revuelto y sigue sin retirarse el cesto de Fellini aunque ya murió en primavera. ¿Se verá como una renuncia a la esperanza de que pueda volver? ¡Hum! Sigo hasta la ventana y corro las cortinas para dejar entrar un rayo de sol, sesgado y diagonal, que llena el salón de una claridad mortecina. El aire aire huele a las lentejas que cociné por la mañana; eso me recuerda que también queda un trozo de lasaña en la nevera y solo me toca calentar la comida antes de ir al trabajo. Bueno, y airear la casa y hacer la cama y fregar los platos. Suspiró mirando el reloj y me siento a fumar un cigarrillo mientras dejo que el silencio que me engulla.

jueves, 15 de octubre de 2015

La china del Babylon

[…] En Umagri ya habían llegado los malos tiempos y aquel fue uno de esos viajes que emprendía sabiendo que no había nada que rascar. Pero Martínez era así, más preocupado por cumplir con las citas establecidas desde tiempos del abuelo Benancio, que en poner al día un negocio que cada vez ofrecía menos de lo que demandaban los nuevos clientes.

No entré en Zaragoza, no hice más que un par de visitas en Binefar y otras dos en Lérida capital, donde además tomé un par de cañas antes de ir a cenar, como siempre, a La Fusta. Al terminar, Fuster estaba liado en la cocina y no salió a echar una parrafada con migo, así que sin perder tiempo me puse en camino con la idea de hacer noche en Barcelona y bajar al Delta por la mañana. En todo caso, allí caería algo, si había de caer.

Pasé de largo por el Anastasia y si no hice lo propio con el Babylon, fue porque me venció la tentación, al observar que el parking estaba despejado de camiones. La tentación, o para ser objetivo, fue la curiosidad: Rafaelito Minguela, el comercial de FiatAgri, me había hablado de decadencia absoluta, incluso dado detalles que me costaba creer del franchute y más aun de la bruja de Marta.

sábado, 2 de mayo de 2015

Mariela y el mal de amor XVII

Isabelle, ese bombón que sirve la terraza en Le Moretti, sonríe nada más verme y me hace una seña para que sepa que de inmediato me saca la cerveza. Por fin amaneció con sol y llego sudando. Me siento, con necesidad de reponerme del esfuerzo, pero antes de acomodar las muletas y de orientarme de cara a la Legion d´Honeur, adelanto la pierna para cumplir con el ritual de mortificarme. Desde luego, tarda seis minutos menos que hace tres semanas en traerme desde la sala de rehabilitación, pero verla embutida en esta faja, enjaulada entre varillas de acero y asistida por este muelle inoxidable, que a veces chirría, me abruma igual que el día que la Lissard, pletórica y desdeñosa, me acompañó personalmente hasta ese lugar donde el Hospital Central de Saint Denis pasa a llamarse puta calle.


Así y todo, hoy me siento feliz. Estreno público y es devoto, creo. También exiguo y poco exigente, pero eso ahora me importa menos que la ilusión que percibo en sus ojos cada vez que le leo una entrega de mi obra. Disfruto tanto con el efecto que produce que hasta he dejado de protestar cada vez que el masaje terapéutico deriva en descarado mete mano, y me cuido de no romper la magia si con su voz de petimetre emplumado, Max pide detalles o suplica por un adelanto del episodio de mañana. Diría Matthieu, que lo que me ocurre es que con el culo al aire, sobre la camilla y acariciado por un tío, me aflora ese tanto por ciento variable de maricón que todos llevamos dentro, pero sé de sobra que Matthieu es un toca huevos, que ni se imagina lo que supone el reconocimiento para un autor.

viernes, 27 de septiembre de 2013

Mariela y el mal de amor XVI


Con la desmesura de sus hombros tapaba toda la puerta y aun tuvo que ladear la cabeza para superar la parte de arriba y entrar sin tocar. Claro está que nadie le esperaba allí y que sus llegadas solían imponer respetuosos silencios, pero a fe que nada en su expresión de aquella tarde hacía temer de sus intenciones. Acaso, digo yo, asistimos con algo de curiosidad por lo que el cornudo pudiera tener que decir ante tal foro. Desde luego, fuimos muy ingenuos al imaginar que Pascualón, recién espantados los lobos que le acosaban a Mariela, consentiría sin trauma ni dolor todo lo demás. Ahora sé que Mariela si sospechaba otra cosa y por eso soltó soltar un “Ay” bien agudo y aspirado, tan pronto como el gigante le echó la vista encima a Mercader, como una losa. La mujer, temiendo una tragedia inminente, retrocedió culposa hasta la pared, manos sobre boca, y Raúl, desmejorado como nunca le había visto, inició la acción de ponerse en pie, bobalicón y boquiabierto. Nunca he querido saber si aquel rictus fue por fin un rasgo humano, efecto del mal trago, o la sintomatología natural de quien se enfrenta a esa experiencia límite, tan frenética y ansiada. Sea como sea, todo lo que ocurrió después, ocurrió demasiado deprisa para mis reflejos, así que como testigo presencial no puedo decir más que primero voló la mesa, con la baraja, los ceniceros y las jarras de cerveza, que inmediatamente después lo hicieron Telete y Marquitos Aguilar, por su afición en profesar de escuderos, y que coincidiendo con el tercer aullido de terror, yo me abalancé hacia la puerta abierta y corrí. Sin respiración y empapado por un tremendo aguacero, me detuve al abrigo de una escueta marquesina de la calle de la Luna y para mi descargo, vi que me seguían todos, salvo los desventurados…

viernes, 15 de abril de 2011

Mariela y el mal de amor IX


Zaipi, 1997


Miro el reloj y me acomodo delante del teclado mientras doy vueltas a la triste evidencia de mi propia desidia: -Matthieu no es ningún mentiroso- me recuerdo -y ahora resulta que no repuse mis botas rotas de lluvia ni me he hecho con impermeable decente, ni con un paraguas que sustituya al que perdí hace semanas- Estoy tentado de acercarme a la ventana, para corroborar el alcance real del Apocalipsis, pero me detengo por temor a perder el hilo entre los vaivenes de mi memoria. En lugar de eso, invento una eventual tendencia de mi amigo a la exageración y sin perder más tiempo, empiezo a teclear: “Un éxito de público. La noticia de la candidatura primero y, al poco, el reconocimiento formal de Mariela como zorra, fue, digo yo, la mejor operación de marketing que vivió el bar Las Cumbres en toda su historia. 
En pocos días magnificó su cartera de clientes, y si bien es verdad que esta no tardó en ajustarse a niveles asumibles por el servicio, es obvio que la recién estrenada condición de la dueña, ayudó como un ensalmo, a revalorizar un negocio a todas luces en declive. Como es natural, tamaña estrella no fue acogida sin trauma en la casa; a punto estuvo de materializarse el sacrificio de la salud y la autoestima de Chema y Mariela, sin ir más lejos, se tornó de pronto en mujer circunspecta y taciturna en su deambular. Pero no fue si no un momento de transición. Al final, sólo volvió a quedar en evidencia la fuerza insondable de la rutina sobre la conciencia y los muy mejorados ingresos, impusieron su lógica desde la caja.” 

sábado, 26 de marzo de 2011

Mariela y el mal de amor VIII

Zaipi, 2000
Escribo una fecha; “mayo de 1998”, aceptando que también pude haber pensado en junio o julio de otro año. Debajo hago una lista con los detalles que he ido recordando, y a pesar de ordenarlos con esmero, hago cambios y recoloco cada una de las muchas veces que la leo a continuación. Sigo: “Todo ocurría deprisa. Muy deprisa. Lo que hoy era un rumor, mañana era el pan nuestro de cada día y a la siguiente semana, mucho antes que todo el mundo estuviera al corriente, ya había pasado a ser historia. Así que una tarde, sin que yo hubiera advertido movimiento alguno, alguien mas avispado, ya avisó que los de afuera, hablaba de los clientes del bar, andaban mancillando el buen nombre de la dueña de la casa y recelaban de forma capciosa sobre lo que presuntamente se cocía en el misterioso salón.

sábado, 5 de marzo de 2011

Mariela y el mal de amor VII

Zaipi, 1998
Me sobresalto con el estrépito que arma el camión de los bomberos al arrancar; lo noto como un calambre en la planta de los pies y un frenético trepidar en la ventana. Oigo gritos, sobre todo oigo multitud de golpes y como se enrollan las mangueras y se cierran las puertas. Se detiene el rotativo y vuelvo la vista; la calle ha desaparecido en medio de la noche. Bien mirado, el operativo de desagüe añadía un punto festivo a las tristes vistas de casa. Los escucho alejarse despacio mientras reparo en mi propia imagen estampada en los cristales. Me miro como miraría a un escritor importante; a la luz del flexo, con camisa gris y discreta panza de animal sedentario.

viernes, 25 de febrero de 2011

Miranda, dominicana, 17 años... creo

Zaipi, 1998
Grafito y carbón sobre cartón entelado
Fue tal vez el momento más ridículo de mi vida. No por el fracaso, que ya era de esperar, si no por la asunción de una estrategia a la que debí negarme desde el principio. Supongo que imaginé, como un idiota, que tenía alguna posibilidad y me perdió la lascivia. Aun la recuerdo en la cafetería, el día que me devolvió los pendientes, diciéndome aquello de que había sido muy bueno con ella y que se acordaría siempre de mí. No fui capaz de contestar. Fue todo muy lamentable.
No hace mucho la volví a ver por la calle junto a un jovencito muy apuesto. Empujaban los dos un coche de bebé. No me reconoció.

Cuando le di los pendientes a Marta, no se lo podía creer. Hacia años que no le hacía un regalo de esa categoría y eran tan bonitos...

viernes, 28 de enero de 2011

Mariela y el mal de amor IV

Zaipi

Regreso al escritorio, enciendo la lámpara y me dejo caer en una silla que se queja con un traquido siniestro. Podría inventar cualquier situación para justificar el hecho de que se conocieran. No se… como que Raúl fue a casa de ella para supervisar el trabajo de los electricistas de papá. Algo así sería coherente. Al fin y al cabo es un hecho biográfico que Raúl, recién rebotado de la universidad, fue reconvertido a jefecillo de la empresa. Bueno; a ese ambiguo cargo que se improvisa para los herederos y que se suele asignar bajo el hipócrita lema: “que empiece desde abajo, igual que yo”. En todo caso, creo que la familia de ella era cliente de Electricidad Mercader desde que el padre de Mariela abriera el bar Las Cumbres al licenciarse de la mili, así que es muy probable pues que ya se conocieran. …hasta creo que alguien me contó eso. Por otro lado, a nadie puede extrañar que él, un irresistible conquistador obsesionado por la exclusividad de sus conquistas, se sintiera morbosamente desafiado por su belleza prohibida. Nada extraordinario hasta aquí y da pie para continuar explicando que ella; tal vez sabiéndose deseada y sexualmente satisfecha después de  tanto tiempo, o quizá, quien sabe, si por primera vez, decidió enarbolar la bandera de la liberación, contra todo pronóstico y contra viento y marea. Lo medito un momento. Por que… ¿es seguro que no hubo amor? No. Que va a haber. Él sólo estaba enamorado de él, y ella… Lo de ella todavía tiene menos que ver con el amor: aprovechó la osadía de su pretendiente para darle un gusto al cuerpo. Mas tarde y una vez evaluado el inevitable sentimiento de culpa, que al parecer juzgó llevadero, decidió deshacerse también del pesado rol de esposa fiel y abnegada. Me imagino que ante todo, estaba hasta las narices del tal Pascualón y de las dos insulsas hijas que le dio, y que sólo precisaba del hecho revelador que le evidenciara su triste realidad: mujer insatisfecha, compañera olvidada, infatigable ama de casa… y también la obligatoriedad de seguir desempeñando el ingrato papel de regente vitalicia de un bar, dudosamente rentable, que heredó de su padre como un activo sentimental más.  Cavilo durante algunos minutos. -Muy bien pudo ocurrir de esta manera- concluyo. Pero entonces, ¿estaría contando, detalles aparte, otra edición del clásico mito del adolescente y la madura que sale por peteneras? Y fue algo más que eso ¿verdad? Siempre di por hecho que el espíritu demoníaco de Raúl Mercader, había provocado el desastre; desde el principio hasta el punto insostenible al que llegó. ¿Pero fue así o fue mi obsesión por este tipo, la me llevó a inventar una realidad paralela? La verdad es que ya no estoy muy seguro de nada, pero eso sería verdaderamente grotesco. 

Continuará

lunes, 24 de enero de 2011

To fight or to fly.

Zaipi - "Fichas libres", 2001

La vida de pareja hace mucho que dejó de ser una excitante contingencia para convertirse en algo, no se el que, demasiado reglamentado. Toda improvisación está severamente penalizada y cualquier concesión al instinto, al intrínsecamente animal, ha sido previamente deslegitimada.

¿Es mejor luchar o huir? 


Si decidimos luchar, es posible que aceptamos sin saberlo, negociar con el clan de nuestra media naranja; por el contrario, si optamos, por la huida, lo abandonamos todo y comenzamos de nuevo otra vida en otro lugar, en otro hemisferio y esta vez, si puede ser, con palmeras y sin familia.

domingo, 16 de enero de 2011

Mariela y el mal de amor III

Zaipi, 1993
Desecho otra vez la idea de fumar cuando me fijo en que se ha desatado un tremendo aguacero. Las gotas golpean los cristales con un tamborileo metálico que anula el ruido de la ciudad. Los gruesos álamos se doblan como juncos y los peatones corren al abrigo de las marquesinas de las tiendas que jalonan la acera de enfrente. Pasan tres minutos de las siete y vuelvo a negarme a encender un cigarrillo. –Bien- me digo en tono de parabién y leo lo que acabo de escribir para subrayar inmediatamente varios renglones que no me convencen nada. Nada me convence nada. Sólo tengo una idea demasiado general y no se por donde empezar. En un breve acceso de frustración, arrojo sobre la mesa el encendedor que guardaba el la mano, me levanto y me planto junto a la ventana. La calle parece un nuevo brazo del río y los coches avanzan lentos como carros de combate, sin orden y levantando un oleaje que baña las aceras. En la esquina con Auguste Delaune un gendarme trata, a golpe de braceo y silbato, de poner algo de cordura en el caos,  pero a los pocos segundos también el desiste y huye a la carrera. Empiezan a caer granizos y me acuerdo con pesar de los geranios de Julia, pero la carnicería floral apenas dura un momento. -¿Cómo se conocerían?- me pregunto sólo por preguntar y apenas con una remota esperanza de que mediante el manoseo de lo más superfluo, halle al fin algo de inspiración. La verdad es que nunca he conseguido hacerme una idea de lo que pudo ocurrir. Me río por que se me antoja de pronto muy ridículo mi afán por contar unos hechos que ignoro y que, además, tanto me vanaglorié de ignorar en el pasado. ¡En fin! Yo, como era costumbre, me enteré tarde de los hechos; supongo que aunque ya lo tenía oído, no pregunté… -Por supuesto que no pregunté ¿Preguntar yo por las andanzas de Raúl? Eso, jamás me lo permití- aseguro. Y es verdad. . Aunque si fuera sincero tendría que admitir que aunque sin hacer preguntas, al final también me dejé atrapar morbosamente por la crónica de aquellos amoríos y, como casi todos mis amigos, acepté mudarme con cierto deleite desde el bar de Michel, que venía siendo mi segunda casa, hasta el de Mariela, en el cual no había entrado en la vida. Y es que, otra vez, como si de una droga dura se tratara, se manifestó el irresistible liderazgo de Raúl. En justicia, y en nuestro descargo, hay que decir que no todo el interés lo despertaban aquellas tórridas pasiones de nuestro idolatrado amigo, si no también, y hasta se cruzaban apuestas y chascarrillos, la previsible, inminente y violenta reacción de Pascualón: un hombretón de más de uno noventa por uno veinte, hosco y de expresión brutal, cuyos brazos, semejantes a pesados y nudosos maderos de roble, ya advertían a distancia sobre su ilimitada capacidad destructora.  Pero Pascualón, para sorpresa de todos, demostró, no se si por falta de interés o de tiempo, una capacidad de aguante que además de desbordar toda previsión, disparó la tensión hasta el infinito.
La calle está ya totalmente anegada y se percibe ahora una calma inquietante que nadie parece dispuesto a romper, salvo el cielo; más sombrío y encapotado que nunca. Entre tanto, todo Saint Denis, escurre como una esponja.


Continuará

domingo, 9 de enero de 2011

Mariela y el mal de amor II

Raúl era un niño, y a mi ya me lo parecía entonces, irritable, arisco, maniático, narciso e insoportable que por si fuera poco, tardó años y años en socializarse. Pese a todo, cuando se hizo con algunos amigos, se reveló de inmediato con unas dotes innegables de líder, cosa que por cierto, en adelante cultivó hasta el éxtasis. También se desarrolló físicamente antes y, a decir verdad, más que la mayoría de nosotros, lo que unido a su genio deportivo, le convirtió en uno de esos pequeños ídolos escolares a los que la lógica de los doce años,  les eleva sin prólogos a los altares de la sacralidad. No era, y nunca lo fue, un buen estudiante, pero eso, lejos de suponer un inconveniente como le hubiera ocurrido a cualquier otro, en él sólo se sumó a su larga lista de encantos incontestables. No se puede negar, yo al menos no lo hago, que el hecho de no tener hermanos y ser hijo de un acomodado industrial bien dispuesto a agradecer a los Padres Escolapios sus desvelos por el porvenir del nene, resultó determinante a la hora de, tal vez entre otras cosas, maquillar su expediente escolar. En realidad lo que opino yo es que resultó tan vergonzosamente determinante que hizo que terminara el COU con tan sólo un año de retraso y se atreviera con la aventura de empezar una carrera universitaria; veterinaria, creo recordar.
Zaipi, 1992
No diré que no fuera un tipo inteligente; lo era. Más inteligente que yo y más inteligente incluso de lo que aseguraban sus muchos incondicionales y no negaré que afloraban en él claros rasgos de genialidad, aunque las más de las veces, peligrosamente desatada. Tampoco voy a decir que su hechizo personal no fuera obvio y arrollador, ni que su fuerte personalidad y su desenvoltura no cautivaran a cualquiera. Mucho menos me atrevo a poner en cuestión su reputada belleza física o el acúmulo de experiencias que se le atribuían y de las que no dudo que se correspondieran razonablemente con la realidad. No. Lo que digo es que muy por encima de eso y aun a pesar de todo ello, Raúl Mercader era, en el sentido más peyorativo posible del término, un auténtico hijo de puta.
Merced a una desdichada combinación de circunstancias y también por culpa de ese raro sentido de la fidelidad y de la amistad que crece en la adolescencia, durante el bachillerato coincidimos contra todo pronóstico en la misma pandilla de amigos. Como si de pronto y para mi sorpresa, no contara el pasado; entendí espontáneamente que tal vez era la hora de intentar un esfuerzo por soportarnos. Pasó el tiempo, pasaron varios años, y reconozco que nos soportamos sin demasiado esfuerzo y en medio de un cierto grado de camaradería; puntualmente con algún momento de complicidad. Quiero precisar que nunca pasamos de allí.

Contnuará

viernes, 7 de enero de 2011

Mariela y el mal de amor


Hace tanto tiempo que ya casi no puedo recordar sus rasgos. Guardo, eso si, una imagen algo difusa de su pelo negro, de sus grandes ojos, de su amplia risa dentífrica y sobre todo de una silueta de cuarentona contundente.

De nuevo, me acomodo ante el teclado y leo y releo el único párrafo que hay escrito. Pienso que sería más fácil tratar de escribir un relato de ficción; en este momento seguiría hablando de las bondades humanas de la tal Mariela y de sus atributos de hembra aun lozana, para entrar en situación inventando una tranquila escena cotidiana que sirviera para explicar su papel en esta historia. Historia… ¿Pero qué historia debo contar? ¿Una historia de amor? Apago el cigarrillo hasta que no percibo ni el fulgor de un pedacito de brasa dentro del cenicero. Es seguro que no hubo historia de amor, pero ¿acaso hubo sólo una historia de sexo? Al, hilo, me viene a la memoria Telete, cuando muy natural y seguro de si, justificó a su amigo del alma delante de los desconsolados padres: -pero si no tenía nada con ella, a él no le importaba, si todo era un juego, una bobada- No importa el ataque histérico que sufrió la madre, ni los improperios que soltó el padre, ni importa su evidente falta de tacto en un momento como aquel, ni que nadie estuviera dispuesto a creerle; Telete era quien más sabía de las cosas de Raúl y aquella vez no mentía. Mariela no sedujo a Raúl, si no que fue su principal víctima. Él, se propuso demostrar al mundo quien era en realidad, y urdió para ello un plan maquiavélico que aprovechaba los vicios, las carencias y las debilidades de todos sin que nadie se supiera oponer, ni siquiera para evitar una tragedia inminente.

Zaipi, 1992
Me pongo otro cigarrillo entre los labios, pero me detengo justo antes de prenderlo; hace menos de dos minutos que he apagado el anterior. Un día de estos tengo que dejar de fumar me prometo mientras le doy vueltas al recuerdo mas antiguo que conservo de Raúl Mercader. Al poco, dejo un buen espacio con lo anterior y escribo: Nos conocimos en el parvulario, o casi, y nunca, durante todos los cursos de primaria, llegamos a simpatizar lo más mínimo. Es verdad que no me viene a la cabeza ningún enfrentamiento memorable, pero pasamos la infancia ignorándonos en el peor sentido de la palabra.



Continuará

sábado, 16 de octubre de 2010

Muerte a las nuevas ideas

Zaipi 1992


Para impedir la difusión de pensamientos contradictorios y con el objetivo de formar una sociedad unificada y ordenada, los gobiernos autoritarios del planeta censuraron las cuerdas vocales del pueblo y ciertas palabras e ideas nunca más pudieron ser pronunciadas. Aquellos que intentaban deletrearlas, desistían después de emitir la primera letra. Aún así, a la sociedad le quedaba la escritura, y había gente que escribía; le quedaba también la lectura y había gente que leía. Pero al tiempo, para contrarrestar estas virtudes, los gobiernos eliminaron las palabras prohibidas de todo texto existente, y ciertas ideas jamás volvieron a ser leídas. Por otro lado y para no dejar cabos sueltos, censuraron las manos de quienes las escribían. Con el correr de los años los pensamientos terminaron por convertirse en los prisioneros de sus propias mentes creadoras. Ahora las palabras, aunque latentes, son incapaces de cobrar vida y permanecen exiliadas, condenadas al olvido.

Walter Giulietti

jueves, 26 de agosto de 2010

Inolvidable... + posdata



Perdona mi cobardia, perdona mi ortografia, perdon por no escribirte de puño y letra.  Perdon por el tiempo que te quite.
Muchas veces te dije cosas que tal vez no sentia. Creo que nunca senti amor por ti. Devi de ser mas sincera, lo se y lo siento, aunque ya sea demasiado tarde para eso.
Debo terminar ya y no puedo hacerlo sin decirte que el tiempo que pasamos juntos los recordare como una época inolbidavle. La verdad, y ahora soy sincera, es que senti algo muy especial por ti.

Por favor se muy feliz y olvídate de mi.

Yo…

PD: Lo que te dije aquel día en el bar de Raúl, que yo casi no recuerdo, olvídalo también si es que no lo has hecho ya.
       Como nunca tuvimos anillos, te devuelvo, adjunto, el retrato que me regalastes por mi cumple.

Imagen: Zaipi (carbón)

domingo, 14 de marzo de 2010

Noche en Europa

Cubría el continente una noche
de camisas y corbatas. Nuestra
primera infancia engañada. Una
solo era la bota que a Europa
humillaba. Los españoles
no del todo remotos, escuchábamos
los clarines y las palabras borrachas
del triunfo. Atada sobre el lomo
a Europa en toro veíamos;
sobre los trenes y los tanques
hacia otras constelaciones ignotas,
sin cedros, ni pinos, ni aves,
ni viento, ni semilla. Un Orden
nuevo vino, decían, y todas las campanas
doblaron desde las cúpulas.
Soldados y ciudadanos levantaban
el brazo en desafío al pueblo.
Crujían las trincheras. Pasaban los aviones
sobre la hierba y los tejados. Bajo la cruz
gamada caen los hombres: Atenas
en su peplo de plata, con sus plintos
y doseles, con sus calles milenarias.
París embarrada, barrios de muertos;
el cuerpo abierto, Brujas o Amberes;
Coventry como un papel manchado
por la tinta y el tintero.
Atada en el lomo del toro, Europa.

  Poema: Carlos de la Rica
  Pintura: Zaipi (2004)

martes, 2 de febrero de 2010

Corazones de piedra

"Llanto"
Zaipi (2006)
Óleo sobe lienzo









Rompió a llorar sin previo aviso y delante de todos; incluso de sus subalternos, de sus tres esposas y de su élite de incondicionales. Creímos que el amor humilde y desesperanzado de la Bestia por la Bella había roto, por fin, su mítico corazón de piedra. En ese instante la alegría y la esperanza se desbordaron incontenibles.
Más tarde, viéndole aun sollozar y mirarnos de reojo, se les ocurrió a los más críticos y desconfiados, que tal vez solo tratara de satisfacer con su gesto la demanda natural del público; de ese público que sólo aplaude  sinceramente al amor, cuando el amor es sincero. Por eso, después de todo, quizá no quiso si no recuperar el aplauso perdido. Es posible, incluso, que todo fuera a seguir igual que siempre,  pero que nadie salvo él lo supiera, para momentánea alegría de todos, menos suya.


sábado, 15 de agosto de 2009

¡Oh, cielos!

Zaipi
"Carretera secundaria"
lápices de color

Sintió una mano atrevida que exploraba… y en seguida que su propia carne le hacía traición. Sintió que los soles se le adherían por todo el cuerpo.... Incendiándolo. Y no pudo más. Abrió los ojos.