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viernes, 20 de noviembre de 2015

Sombras de ángeles / Pecadores

Abro las ventanas con el deseo de que este lapsus de sol que nos regala el temporal purifique las estancias. Nada me resulta tan familiar como esperaba; mucho menos el olor a polvo y madera vieja que me embota la nariz. Tampoco recordaba la espiga del suelo, ni el cuadro de la entrada , ni el color de las paredes; apenas el piano y algunos muebles. El comedor es un solar, la cocina parece que fue abandonada con urgencia y el pasillo se me antoja demasiado largo, interminable cuando me pongo a recorrerlo. Dudo cual era mi cuarto ¿La tercera o la cuarta puerta? Opto por una y acierto. La cama está desmontada contra un rincón, el ropero vacío y abierto de par en par. No queda más rastro de mí que un desvencijado poster del Real Madrid y el escritorio contra la pared. Me acerco con cuidado, como si temiera del sonido de mis propios pasos y también abro esa ventana para ver los detalles. Nada que ver, salvo la lámpara que el tio Abelino me trajo de Francia y que mi madre colgó del techo, a pesar de encontrarla horrorosa, por que estaba convencida de que era carisma.
-¡Mama!- repito como la misma congoja de hace un rato y no se porqué me viene ahora a la cabeza en la otra casa, cuando aun vivíamos en la calle Joaquín Costa: Una tarde, al volver del colegio, la encontré llorando en la escalera, tan desconsolada que me hizo llorar también a mí aun antes de saber que ocurría. El camión del Butano acababa de aplastar a Martín; un hermoso animal blanco y negro que sólo se dejaba acariciar por nosotros dos y que dormía en mi cama desde cachorro. Sabio, silencioso e infatigable observador de ojos inmensos y enorme cabezón. Con algunos hosco pero que en buena relación superaba en bondad a cualquiera de la familia -Nunca más tuvimos gato-
Hago un esfuerzo para no dejar aflorar las lágrima

sábado, 24 de agosto de 2013

Sombras de ángeles / primer encuentro

No esperaba un cielo tan gris, ni sabía que los paraguas hubieran dejado de ser negros… ¿y esta lluvia de abril?, tampoco figuraba entre lo probable… –Otra vez estereotipos- mientras a un metro de mí, donde ya no protege el toldo de rayas, las gotas golpean con saña contra el rojo y el amarillo de esta acera con aire cosmopolita. Todo a mí alrededor, desde el verde británico del césped, hasta el optimista colorido de las nuevas abuelas españolas, me parece un imprevisto. No sé si será la sorpresa la que ejerce el raro efecto hipotensor que me insta a no moverme, a no tomar decisiones. 
Damián.
 Acuarela sobre papel "bb"

sábado, 6 de julio de 2013

Desarraigo

-Una ausencia de veinte años- pienso con pesar y hago lo posible por entender cuanto tiempo significa en realidad-No ¿Qué digo? Algunos más de veinte han pasado desde el día del entierro- aventuro, mientras desde mí improvisada atalaya, no puedo evitar un ansioso reencuentro con el paisaje: Este; el Gran Hotel y allá, al final de la calle, vivía Conchita. Al otro lado del parque, casi frente a frente con su chalé; el Seminario. Detrás; la Ciudadela y por aquí, hacia el norte, en los bajos de esa casa gris que aún no ha perdido la aguja de la torre, teníamos la tienda y el almacén. Recuerdo que en un piso de arriba estaba la emisora de radio y al lado, el bar de la señora Orosia…, Era un bar de postín; ya lo creo.

jueves, 31 de enero de 2013

Sombras de ángeles

La tremenda diatriba que don Matías dispensaba aquella hermosa tarde de marzo, caía como una losa plomiza sobre un atorrante silencio de siesta. Ramón Moreno ya había sido expulsado y Ramón Ferrán, que no había logrado acompañarle, ocupaba su localidad en la solitaria silla del estrado; a la izquierda de mosén. Lola Castán y Marta Terry intercambiaban misteriosos mensajes escritos que corrían a lo largo de la fila con la diligencia del “Pony Expréss”. Domingo Duarte aprovechaba la megalítica cobertura que prestaba el corpachón de Cristina López para dormir recostado contra el respaldo; manos enlazadas sobre la tripa y boca abierta hacia las alturas. Gustavo Moral ya se había retirado al recogimiento místico de su pupitre-estudio con vistas a los jardines de la fantasía. Gema García y Cristina Soriano cotorreaban con fino estilo de cola de supermercado y Lolo Vesteiro ponía a prueba la finita paciencia de Carolina Pérez con su manía de enrollarse en el dedo los largos mechones de la afamada melena L’Oreal. 



miércoles, 14 de septiembre de 2011

Sombras de ángeles / Gatos de porcelana


El tiempo se congeló. Las paredes desnudas y los detalles corrientes pasaron a pertenecer a un lugar de transición. La luz, estrictamente funcional, barría el espacio vacío y el silencio, que en ningún momento lo había sido hasta entonces, amenazaba con extallar el aire.
Desde la distancia relativa de la sala, pudo verse como el gran gato de porcelana tomaba vida. Primero se volvió blando, después  perdió cualquier traza de lustre y poco a poco se fue esfumando sin dejar de mirarnos a todos como siempre nos miraba. El cráneo afeitado que pudo apreciarse mas tarde, parecía una calavera emergiendo de un traje gris, demasiado grande y bajo el que no latía nada.
-Ya ha llegado- susurró la voz de una mujer  
-Es nuestro jefe.
-Será tu jefe. Pero no importa. Hemos de saber lo que pretende.
Una de las mujeres presentes, una de las que vestían de blanco, se giró y miró a todos; con cuidado, de uno en uno.  Luego bajó la vista al suelo y su cabello oscuro se meció por la leve brisa que atravesó la estancia en aquel instante.  El Hombre sin Rostro la miró con desdén y ya no se atrevió a hablar.  Entonces, el Hombre sin Rostro la señaló con el dedo, y la mujer, aun sin verlo, supo que la llamaba y avanzó hacia él hasta que le ordenó detenerse. Entonces dijo: “Tú serás mi voz” y la mujer elevó la vista hacia las alturas y se volvió hacia el resto de los presentes, para decir llena de gozo y con la misma voz del Hombre sin Rostro: “Ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición”
En ese momento uno de los hombres vestidos de negro, el mismo que negó que el Hombre sin Rostro fuera su jefe, dio un paso al frente (supe que era el padre Mariano) y bramó con su vozarrón de misa y su dedo acusador en alto: “Cuidado con los falsos profetas; se acercan con piel de oveja, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se cosechan uvas de las zarzas o higos de los cardos?”
Nadie le escuchó y la mujer continuó diciendo: “¿Quien dice la gente que es el Hijo del hombre?” Todos contestamos: “Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas” Ella nos preguntó: “Y vosotros ¿Quién decís que soy yo?” Otro hombre tomó la palabra y dijo: “Tu eres el Mesías, el hijo de Dios vivo”