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viernes, 6 de febrero de 2015

El holocausto silenciado



Varios textos de historia dan cuenta que en la II Guerra Mundial fallecieron alrededor de 37 millones de personas, de las cuales en el frente oriental de Europa, en la línea ruso-alemana, se habrían perdido 24 millones de vidas; de éstas, 20 millones habrían correspondido a ciudadanos de los países que conformaron la desaparecida Unión Soviética. Las soldados norteamericanos que ofrendaron su vida en todo este conflicto llegarían a 457.000, sobre todo en el frente japonés.

La historia también recoge los datos de 6 millones de personas conducidas a la muerte en brutales campos de concentración y exterminio manejados por Adolfo Hitler y el nazismo. Nombres como Auschwitz-Birkenau, Manthausen, Dachau, Treblinka, Maidanek, Sobibor, Belzec, Buchanwald, Bergen-Belsen, Chelmno, Ravensbruck, Sachenhausen, Flossenburg, Sutthof, Theresienstadt, entre otros, han quedado grabados, en forma indeleble, como sinónimo de perversión inhumana incalificable, en la conciencia de los seres dotados de un mínimo de convicciones humanistas elementales.

Es mundialmente conocida la relación de lo que los nazis hicieron en los referidos campos de concentración. Desde entonces la palabra «Holocausto» adquirió ribetes de dolor, angustia e indignación general. A partir de la difusión de esos inhumanos acontecimientos -para muchos incomprensibles- existen esos nombres y sitios que se hicieron famosos por constituir expresión del horror más brutal y de la capacidad criminal ilimitada de los seres degenerados en la prácticas del tormento cobarde e degradante.

No puede tampoco dejar de anotarse, en forma expresa, que existe un ánimo visible para que estas páginas de horror sean extraviadas en el olvido de los pueblos, sobre todo en la desmemoria de las nuevas generaciones, merced al apoyo cómplice de determinadas grandes cadenas informativas de alcance planetario y a un sistema educativo mutilante, entre cuyos condueños y guías aparecen las empresas y accionistas del más grande complejo industrial-militar del planeta.

De existir otra vida, como enseñan todas las religiones, y de haber dispuesto de frenesí por la eliminación física de seres humanos, y desprecio por la existencia de los pueblos, por parte de Adolfo Hitler, hoy revolcaría de envidia ante la capacidad depredadora de los mayores entes genocidas que han conocido los pueblos a lo largo de los últimos milenios, como han resultado en la práctica comprobable el Fondo Monetario Internacional, FMI, y el Banco Mundial, BM, conforme lo vamos a demostrar.