Cuentan que hace muchos años llegó al pueblo un caminante en mitad de una terrible tempestad. Era un hombre solo, alto, torvo, penosamente apoyado en una larga vara rematada en imágenes, dicen que paganas, y embozado bajo un sombrero de ala ancha, que con voz honda y marcado acento extranjero, pidió asilo para pasar la noche. Tantos como lo encontraron, dieron al instante media vuelta y huyeron de él como del maligno. Tal vez le tomaron por un infiel, tal vez por uno de esos malvados espíritus que como es bien sabido moran los ibones de puerto y se llevan a los hombres, o tal vez sólo temieron que se tratara de un peligroso hechicero. El caso es que olvidando la tradición de dar cobijo al peregrino, le cerraron tantas puertas como tentó, y cayendo ya la noche, se vio forzado a dejar el poblado alejándose hacia el sur por el curso del rio. Se marchó, quizá con la esperanza de encontrar alguna caridad más adelante, quizá con la leve esperanza de hallar algo de albergue en lo más profundo del bosque, y al cruzar sobre el puente de Los Peregrinos se detuvo en lo más alto y miró sobre sus pasos. Desde allí aun podía ver la aldea que dejaba atrás envuelta en la ventisca y desde allí lanzó una maldición contra sus moradores y sus hijos: arderéis dos veces, gritó, y al fin desapareceréis para siempre bajo las aguas de este riachuelo.Felipe sin Tierra by Felipe Postigo is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.
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viernes, 26 de agosto de 2011
La bandera de la plaza y una maldición pendiente
Cuentan que hace muchos años llegó al pueblo un caminante en mitad de una terrible tempestad. Era un hombre solo, alto, torvo, penosamente apoyado en una larga vara rematada en imágenes, dicen que paganas, y embozado bajo un sombrero de ala ancha, que con voz honda y marcado acento extranjero, pidió asilo para pasar la noche. Tantos como lo encontraron, dieron al instante media vuelta y huyeron de él como del maligno. Tal vez le tomaron por un infiel, tal vez por uno de esos malvados espíritus que como es bien sabido moran los ibones de puerto y se llevan a los hombres, o tal vez sólo temieron que se tratara de un peligroso hechicero. El caso es que olvidando la tradición de dar cobijo al peregrino, le cerraron tantas puertas como tentó, y cayendo ya la noche, se vio forzado a dejar el poblado alejándose hacia el sur por el curso del rio. Se marchó, quizá con la esperanza de encontrar alguna caridad más adelante, quizá con la leve esperanza de hallar algo de albergue en lo más profundo del bosque, y al cruzar sobre el puente de Los Peregrinos se detuvo en lo más alto y miró sobre sus pasos. Desde allí aun podía ver la aldea que dejaba atrás envuelta en la ventisca y desde allí lanzó una maldición contra sus moradores y sus hijos: arderéis dos veces, gritó, y al fin desapareceréis para siempre bajo las aguas de este riachuelo.sábado, 5 de febrero de 2011
Canfranc / La ruta del oro nazi
Puede que a más de uno le llame la atención que durante buena parte del siglo pasado la segunda estación de tren más grande de Europa, no estaba en París, en Madrid o Berlín, sino en un remoto poblado incrustado en medio de los Pirineos. La apertura de una conexión por tren con Francia a través de la parte central de la cordillera, una empresa largamente acariciada por el regeneracionismo hispano, colocó a Canfranc en el mapa en la primera década del siglo XX, cuando la pequeña localidad aragonesa se convirtió de la noche a la mañana en la capital ferroviaria del país.
En la estación había un hotel de gran lujo, un gran casino, la agencia de aduanas, una oficina del Banco de España, una cantina y una enfermería. Fue uno de los primeros edificios públicos levantados con una estructura de hormigón armado. Ocho años después de su inauguración, la línea ferroviaria y la terminal empezó a ensayar el papel que le tocaría desempeñar tres décadas más tarde. Pero conviene no adelantarse, porque es justo entonces cuando la leyenda de Canfranc comienza a fraguarse.
Un contrato entre los estados español y francés, determinaba que la estación tendría la doble nacionalidad a pesar de que tanto el túnel como el propio edificio se encontraran en territorio español. Esta doble nacionalidad adquirió al iniciarse la Segunda Guerra Mundial una enorme importancia estratégica. La estación era el centro del comercio de bienes de todo tipo entre España y Europa, en particular para el comercio de tungsteno y oro entre Alemania, Suiza, España y Portugal.
Canfranc podría ser el escenario de una película como Casablanca, aunque la historia de este paso fronterizo está todavía por escribir. La ruta del oro nazi a La aduana internacional fue reabierta después de estar cerrada durante la Guerra Civil española (1936-39) para evitar una invasión desde Francia. Poco después, en los años 1942 y 1943, vivió una actividad que jamás volvió a recuperar hasta su cierre definitivo en 1970. La supuesta neutralidad de España en el conflicto provocó que en esa época de convulsión en Europa llegaran a pasar 1.200 toneladas de mercancías mensuales en la ruta Alemania-Suiza-España-Portugal –entre ellas 86 del oro nazi robado a los judíos–.
En la estación ondeaba la esvástica, Alemania controlaba la aduana internacional, un grupo de oficiales de las SS y miembros de la Gestapo , residían en el hotel de la estación, mientras otro lo hacía en el propio pueblo. España no estaba en guerra, pero Franco tenía una postura de no beligerancia «sui generis». Debía devolver la ayuda que Hitler le proporcionó en la Guerra Civil , lo que se tradujo en enviar a Alemania toneladas de volframio de las minas gallegas, un mineral fundamental para blindar sus tanques y cañones. Muchas de esas explotaciones fueron abiertas por empresas alemanas que operaban en España a través de la sociedad Sofindus (Sociedad Financiera Industrial), un holding alemán muy bien conectado con Demetrio Carceller, director del Instituto Español de Moneda Extranjera (IEME), único organismo que podía comprar oro.
Los «documentos de Canfranc», prueban que a cambio de esa ayuda estratégica para prolongar la contienda, España recibió al menos 12 toneladas de oro y 4 de opio, en tanto que a Portugal llegaron 74 toneladas de oro, 4 de plata, 44 de armamento, 10 de relojes y otros enseres, producto del expolio a los judíos. Portugal era la puerta de entrada de mercancías de Sudamérica y, al final de la Segunda Guerra Mundial, la de salida de muchos alemanes que se refugiaron en Argentina, Uruguay, Brasil o Paraguay.
Los «documentos de Canfranc», prueban que a cambio de esa ayuda estratégica para prolongar la contienda, España recibió al menos 12 toneladas de oro y 4 de opio, en tanto que a Portugal llegaron 74 toneladas de oro, 4 de plata, 44 de armamento, 10 de relojes y otros enseres, producto del expolio a los judíos. Portugal era la puerta de entrada de mercancías de Sudamérica y, al final de la Segunda Guerra Mundial, la de salida de muchos alemanes que se refugiaron en Argentina, Uruguay, Brasil o Paraguay. lunes, 22 de noviembre de 2010
Canfranc ¡Ya no hay Pirineos!
En las viejas estaciones ferroviarias se respira una atmósfera especial, la misma que impregnaba las vías cuando los viajeros esperaban al ruidoso y acogedor tren, como en este caso, el edificio acumula casi un siglo de historia a sus espaldas, y está situado en un privilegiado enclave del Pirineo oscense, la visita es pura devoción.
El viajero ha recorrido muchas veces la majestuosa estación de Canfranc y siempre le ha asaltado un hondo abatimiento, a caballo entre la melancolía y la indignación, a medida que ha ido contemplando su progresivo deterioro. De unos años a esta parte, afortunadamente, esa amarga sensación se ha esfumado, porque se ha acometido una ambiciosa remodelación que le ayudará a recobrar parte del esplendor perdido. Ya no será lo mismo, desde luego, porque los visitantes no podrán recorrer en soledad, como antes, ese vestíbulo alfombrado de legajos, ni curiosear en las antiguas taquillas de porte decimonónico, ni asomarse a los mostradores preñados de pequeñas historias cotidianas.
Estampa de otra época, sus andenes vacíos y sus edificios herrumbrosos han sido siempre todo un ejemplo de resistencia, la encomiable tenacidad del perdedor que se niega a doblar la rodilla. Cuando contemple sus inconfundibles techados de pizarra, piense que está ante todo un símbolo del Alto Aragón, la expresión de un anhelo colectivo: la ansiada reapertura de la línea ferroviaria que unía Francia con España, un proyecto eternamente aplazado sobre el que parece pender una sentencia de muerte que nadie se atreve a firmar.
Un Viernes Santo de 1970, un tren que se dirigía camino de la localidad francesa de Bedous sufrió un accidente en el puente de L´Estanguet y cayó al río. No hubo víctimas, pero el contratiempo era la excusa que necesitaba la SNCF, la red ferroviaria francesa, para cerrar la línea, que había sido inaugurada 42 años antes por todo lo alto por Alfonso XIII y Gastón Doumergue, el presidente galo, tras casi medio siglo de obras. Sólo abrirse camino en las entrañas del macizo pirenáico través de un túnel de casi ocho kilómetros, una tarea ingente para la época, costó cuatro años. Cuando las dos galerías de avance se encontraron por fin en octubre de 1912, españoles y franceses gritaron al unísono: “¡Ya no hay Pirineos!”.
Canfranc es el último pueblo español por la carretera que lleva desde Jaca hasta el túnel de Somport en la frontera francesa. Muy frecuentado en la temporada de esquí por la cercanía de las estaciones de Candanchú o Astún, es mucho más tranquilo en la época en el que el blanco de la nieve deja paso al verde de los pastos pirenaicos enlucidos por el agua del deshielo. Dividido en dos localidades, Canfranc pueblo, el núcleo primitivo de población, y Canfranc estación, surgido espontáneamente con el asentamiento de los trabajadores que construyeron la majestuosa Estación Internacional. Inaugurada en 1928 por el rey Alfonso XIII, dejó de utilizarse en 1970 para el tráfico transfronterizo de ferrocarriles.
La estación es el símbolo del pueblo y sirvió para la huida desde Francia de cientos de judíos perseguidos por los nazis o para el paso del oro con el que Hitler pagó a Franco por el wolframio gallego que necesitaban los alemanes para blindar sus tanques. También fue un nido de espías: los oficiales de las SS celebraron fiestas en Canfranc con españolas que hicieron de correos para los aliados. No hay que perder la ocasión de viajar en el único tren que sigue funcionando, el «Canfranero», que hace la ruta desde Zaragoza, aunque el trayecto desde Jaca basta para admirar el increíble paisaje con escarpados desfiladeros y puentes asomándose al vacío.
http://www.larazon.es/noticia/8998-historia-leyenda-y-naturaleza-por-jesus-maria-pascual
http://www.larazon.es/noticia/8998-historia-leyenda-y-naturaleza-por-jesus-maria-pascual
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