En países más libres que el nuestro crecen las críticas a esa reacción aturullada y miope llamada confinamiento, de brutales consecuencias sociales y económicas y cuya eficacia sanitaria a largo plazo se comienza a poner en duda. En palabras del profesor de biología de Stanford y Premio Nobel Michael Levitt, "cuando analicemos todos los datos, el daño producido por los confinamientos excederá enormemente cualquier beneficio".
Algunas críticas se centran en la enorme penuria económica que ya está causando. En efecto, aunque el gobierno crea que la economía es como un coche que se puede parar y arrancar de nuevo sin problema, no es así. En realidad, la economía se parece más a un sistema biológico que a una máquina, por lo que la privación brutal de actividad puede asimilarse a la anoxia, la falta casi total de oxígeno que conduce rápidamente a un deterioro orgánico irreversible: con igual celeridad, el parón económico produce un daño permanente e irreparable. Sin embargo, los mismos que no comprendieron el error de una semana de retraso en combatir la epidemia no comprenden el error de retrasar la vuelta a la normalidad: en una semana se perderán empleos que no se recuperarán, quizá, hasta dentro de una década. O quizá sí lo comprenden, en cuyo caso pretenden crear una sociedad empobrecida dependiente de la limosna de la casta gobernante. La llaman, creo, "renta mínima vital" (vital para mantener el poder, se sobreentiende).
















