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jueves, 10 de abril de 2014

Esperanza Aguirre: La rebelión de los pijos


Nací, crecí y estudié en un barrio de pijos. A mi pesar, conozco ese ambiente, con sus fobias, tics, manías y patologías. Vivía entre Ferraz y Pintor Rosales, una zona residencial del barrio de Argüelles. Estudié en el Fray Luis de León, un colegio católico con curas que exaltaban a Franco y nos molían a palos con cualquier pretexto. Pasaba los veranos en una exclusiva urbanización del Mediterráneo, que se promocionaba regalando apartamentos a los capitostes del franquismo. Carrero Blanco, Suárez y Carmen Franco y Polo aceptaron el obsequio y algunos se pasearon por sus playas, comercios y restaurantes, con su séquito de guardaespaldas y mayores o menores dosis de ostentación. Mi padre murió cuando yo tenía ocho años y la pensión de mi madre apenas nos permitía llegar a fin de mes. Afortunadamente, el piso de Argüelles, con vistas al Parque del Oeste, era de renta antigua y el alquiler muy bajo, pero vivíamos debajo de un ático y las goteras convirtieron la vivienda en una cueva, con grandes manchas de humedad y un frío que penetraba en los huesos. Mi madre conservaba algunas joyas de mi abuela y las empeñaba una y otra vez para abonar las facturas. El recuerdo de sus excursiones al Monte de Piedad aún me produce abatimiento. Al final, vendió las joyas, pero gracias a eso mi hermana y yo pudimos estudiar en la universidad y preparar unas oposiciones, consiguiendo plaza como profesores de secundaria.