
Se han encendido algunas luces en la ciudad y el cielo se ha teñido de un naranja raro y mortecino que también inflama el aire viciado de la habitación. Cambio otra vez de postura tratando de encontrar algún acomodo para mi espalda. Sudoroso y frustrado, me siento al borde de la cama. Noto frío el suelo y como el tubo que me une al gotero, tira de mi antebrazo más de lo prudente -debí sentarme del otro lado, sólo que entonces en lugar de disfrutar esta parcela de mundo que ofrece mi ventana, contemplaría la bolsa con el líquido pútrido que, gota a gota, brota de mi rodilla como de un manantial venenoso- Enciendo otro cigarrillo y aspiro una gran bocanada al tiempo que recreo por enésima vez la voz amable del ogro: “No deje de venir a verme” -Haremos un buen negocio- añade mi imaginación, que no contengo y continúa explayándose; “Usted siga escribiendo. Nada muy político ni social, ya sabe; en la línea de bobadas intrascendentes que cuenta usted. No crea, ese tipo de cosas también tienen su público; más en estos tiempos que padecemos. Yo le doy una columna en uno de mis semanarios de seis páginas y si la cosa funciona, le garantizo que hablaremos de dinero, y quien sabe... quizá algún día veamos su firma en Une Patrie Blanche; como ya sabrá, el asqueroso pasquín racista, xenófobo y lepennista del que soy cofundador y director. …claro que siendo usted extranjero; español ¿no es así? No sé si... ¡Bueno!, dejemos eso ahora. ¿Qué me responde usted, Lanaspá?” Pero Lanaspá, en este momento abrumado y perdido en un laberinto de emociones, no responde por más que siguen pasando los minutos.
A eso de las tantas de la madrugada me despierta una de las muchas broncas que misteriosamente detonan durante las noches en el pasillo. –Un día tengo que interesarme por eso- En ese momento soñaba con un murmullo de voces de ángel y, cíclica y monótona como un martillo, con la risa ratonera de Matthieu. También había una mujer que caminaba abatida y a cada poco volvía la cabeza para mirarme; deduzco, víctima de mi obsesión con lo ocurrido por la tarde, que no podía ser otra que Julia, y otra vez me angustio ante la incertidumbre de si volverá. Me dormí sentado, con el cuello doblado hacia un lado y el ordenador sobre el regazo. Ahora, al volver a la vida, mis cervicales apuntan que, tal vez, “cabezón” no sea siempre una metáfora y la luz lechosa de la pantalla, entre un sin fin de sombras siniestras, revela que han recogido la bandeja de la cena y dejado las dos píldoras y el vaso de agua sin siquiera despertarme. De un vistazo rápido compruebo que ni dejé colillas a la vista, ni olvidé soplar la ceniza del suelo. - En todo caso- pienso -puede que al personal del turno de noche no le importe mucho si fumo. Me pongo cómodo, leo una línea y caigo en la cuenta de que justo antes de la cena decidí retomar las aventuras sexuales de Mariela y Raúl Mercader. Ahora ya no cabe duda; el cosquilleo de satisfacción que me produce la idea, viene a declarar que es lo que deseo.
Imagen: Ramón Ventura
Imagen: Ramón Ventura
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